Evangelio de Santo Tomas paginas 11 al 20

Evangelio de Santo Tomas Paginas 11 al 20
Evangelio de Santo Tomas Paginas 11 al 20

Jesús resucita a un niño

VII 1.Subiendo un día Jesús con unos niños a la azotea de una casa, se puso a jugar
con ellos.
2. Y uno cayó al patio y murió. Y todos los niños huyeron, mas Jesús se quedó.
3. Y, habiendo llegado los padres del niño muerto, decían a Jesús: Tú eres quien lo has
tirado. Y lo amenazaban.
4. Y Jesús, saliendo de la casa. se puso en pie ante el niño muerto, y le dijo en voz alta:
Simón, Simón, levántate y di si yo te he hecho caer.
5. Y el niño se levantó, y dijo: No, Señor. Y viendo sus padres el gran milagro que
había hecho Jesús, lo adoraron y glorificaron a Dios.

Jesús cura el pie de un niño

VIII 1.Y un niño partía madera, y se hirió un pie.
2. Y, sobreviniendo allí mucha gente, Jesús se acercó también al niño, y le tocó el pie,
y curó.
3. Y díjole Jesús: Levántate, y parte tu leña, y acuérdate de mi.
4. Y la gente, al ver este milagro, adoró a Jesús, diciendo: Verdaderamente, creemos
que es Dios.

Jesús lleva el agua en su ropa

IX 1. Y tenía Jesús seis años. Y su madre lo envió a buscar agua.
2. Y como llegase Jesús a la fuente, había mucha multitud, y se rompió su cántaro.
3. Y en la ropa que vestía, recogió agua y la llevó a María, su madre.
4. Y viendo ella el milagro que había hecho Jesús, lo abrazó, y dijo: Señor, óyeme, y
salva a mi hijo.

Jesús siembra trigo

X 1. Y, al advenir la sementera, José fue a sembrar, y Jesús iba con él.
2. Y cuando empezó a sembrar José, Jesús tomó un puñado de trigo, y lo esparció por
el suelo.
3. Y llegado el tiempo de la siega, José fue a recolectar.
4. Y Jesús recogió las espigas del trigo que había sembrado, e hizo cien haces de buen
grano, y lo repartió a los pobres, a las viudas y a los huérfanos.

Jesús iguala dos maderos desiguales

XI 1.Y Jesús cumplió la edad de ocho años.
2. Y José era carpintero, y hacía carretas y yugos para los bueyes.
3. Y un rico dijo a José: Maestro, hazme un lecho grande y hermoso.
4. Y José estaba afligido, porque uno de los maderos que iba a emplear era más corto
que el otro.
5. Mas le dijo Jesús: No te aflijas. Toma el madero de un lado, yo lo tomaré del otro, y
tiremos.
6. Y, haciéndolo así, el madero adquirió la longitud precisa. Y Jesús dijo a José:
Trabaja. He ahí el madero que necesitabas.
7. Y, al ver José lo que había hecho Jesús, lo abrazó, diciendo: Bendito sea Dios, que
me ha dado tal hijo.

Jesús es llevado a otro maestro para aprender las letras

XII 1.Y viendo José el poder de Jesús, y que crecía, pensó enviarlo a un maestro que
le enseñase las letras, y lo llevó a un doctor.
2. Y este doctor dijo a José: ¿Qué letras quieres que aprenda tu hijo?
3. Y José le contestó: Enséñale primero las letras extranjeras y luego las hebreas.
Porque estaba informado de que aquel doctor era muy sabio.
4. Y cuando el doctor escribió el primer versículo, que es A y B, se lo explicó a Jesús
varias horas.
5. Mas Jesús callaba y nada respondía.
6. Y dijo luego al doctor: Si eres verdaderamente un maestro, y sabes las letras, dime la
potencia de la letra A, y yo te diré la potencia de la letra B.
7. Mas el maestro, colérico, le pegó en la cabeza. Y Jesús, irritado, lo maldijo, y el
maestro cayó al suelo, y murió.
8. Y Jesús volvió a su casa, mas José prohibió a María que lo dejase pasar el umbral.

Jesús es llevado por tercera vez a un maestro

XIII 1.Mas, transcurridos pocos días, vino un doctor, amigo de José.
2. Y dijo: Llévame el niño, y yo le enseñaré las letra tratándolo con mucha dulzura.
3. Y José contestó: Si puedes conseguirlo, instrúyelo.
4. Y recibiendo el doctor a Jesús, lo llevó con alegría.
5. Y llegado Jesús a la morada del doctor, encontró un libro en un rincón, y tomándolo,
lo abrió.
6. Mas no leía lo que estaba escrito en él, sino que abría la boca y hablaba por
inspiración del Espíritu Santo, y enseñaba la Ley.
7. Y todos los asistentes lo escuchaban atentos, y el maestro lo oía con placer, y le
pidió que enseñase con más extensión.
8. Y mucha gente se reunió para escuchar los discursos que salían de su boca.
9.Mas José, sabiendo esto, se espantó. Y el maestro le dijo: Hermano, yo he recibido a
tu hijo para instruiro.
10. Empero, he aquí que él está lleno de sabiduría. Llévalo a tu casa con gozo, porque
la sabiduría que tiene es un don del Señor.
11. Y oyendo Jesús hablar así al maestro, se regocijó y dijo: Tú ahora, maestro, has
dicho la verdad.
12. Y por ti, el que es muerto, debe resucitar. Y José lo llevó a casa.

Jesús cura a Jacobo de la mordedura de una vibora

XIV 1. José envió a Jacobo a recoger paja, y Jesús iba con él.
2. Y mientras Jacobo recogía la paja, una víbora lo mordió, y cayó al suelo como
muerto.
3. Y viendo esto Jesús, sopló sobre la herida, y Jacoboquedó curado, y la víbora murió.

Jesús resucita a otro niño

XV 1.Y habiendo muerto el hijo de un vecino, su madre se entregó a un gran dolor
2. Y sabiéndolo Jesús, llegóse al cadáver del niño, y se inclinó sobre él, y sopló sobre
su pecho.
3. Y le dijo: Niño, yo te ordeno no morir, sino vivir.
4. Y el niño resucitó. Y Jesús dijo a la madre: Toma a tu hijo, y dale de mamar, y
acuérdate de mí.
5. Y viendo este milagro, decía la gente: En verdad, este niño es del cielo.
6. Porque ha librado varias vidas de la muerte, y cura a todos los que esperan en él.
7. Y los escribas y los fariseos se llegaron a María, y le preguntaron: ¿Eres tú la madre
de este niño? Y ella dijo: En verdad que lo soy.
8. Y ellos le dijeron: Dichosa eres tú entre todas las mujeres.
9. Porque Dios ha bendecido el fruto de tu vientre, pues que te ha dado un hijo tan
glorioso y dotado de una sabiduría como nunca hemos visto ni oído.
10. Y Jesús se levantó, y seguía a su madre. Y María conservaba en su corazón todos
los milagros que había hecho entre el pueblo, curando a muchos que habían
enfermado.
11. Y Jesús crecía en talla y en sapiencia, y todos los que lo veían, glorificaban a Dios,
el Padre Todopoderoso, que bendito sea por los siglos de los siglos. Amén.
Fuente: Los Evangelios Apócrifos, por Edmundo González Blanco

EL EVANGELIO ÁRABE DE LA INFANCIA
Palabras pronunciadas por Jesús en la cuna

I 1. Hemos encontrado estas palabras en el libro de Josefo, el Gran Sacerdote que
existía en tiempo del Cristo, y que algunos han dicho que era Caifás.
2. El cual afirma que Jesús habló, estando en la cuna, y que dijo a su madre: Yo soy el
Verbo, hijo de Dios, que tú has parido, como te lo había anunciado el ángel Gabriel, y
mi Padre me ha enviado para salvar al mundo.

Viaje de María y de José a Bethlehem

II 1. El año 309 de Alejandro, ordenó Augusto que cada individuo fuese empadronado
en su país. Y José se aprestó a ello, y, llevando consigo a María, su esposa, partió para
Bethlehem, su aldea natal.
2. Y, mientras caminaban, José advirtió que el semblante de su esposa se ensombrecía
por momentos, y que por momentos se iluminaba. E, intrigado, tomó la palabra, y
preguntó: ¿Qué tienes, María? Y ella respondió: Veo, oh José, alternar dos
espectáculos sorprendentes. Veo al pueblo de Israel, que llora y se lamenta, y que,
estando en la luz, semeja a un ciego, que no percibe el sol. Y veo al pueblo de los
incircuncisos, que habitan en las tinieblas, y que una nueva claridad se levanta para
ellos y sobre ellos, y que ellos se regocijan llenos de alegría, como el ciego cuyos ojos
se abren para ver la luz.
3. Y José llegó a Bethlehem para instalarse en su aldea natal, con toda su familia. Y,
cuando llegaron a una gruta próxima a Bethlehem, María dijo a José: He aquí que el
tiempo de mi alumbramiento ha llegado, y que me es imposible ir hasta la aldea.
Entremos, pues, en esta gruta. Y, en aquel momento, el sol se ponía. Y José partió de
allí presuroso para traer a María una mujer que la asistiese. Y halló por acaso a una
anciana de raza hebraica y originaria de Jerusalén, a quien dijo: Ven aquí, bendita
mujer, y entra en esta gruta, donde hay una joven que está a punto de parir.

La partera de Jerusalén

III 1. Y la anciana, acompañada de José, llegó a la caverna, cuando el sol se había
puesto ya. Y penetraron en la caverna, y vieron que todo faltaba allí, pero que el
recinto estaba alumbrado por luces más bellas que las de todos los candelabros y las de
todas las lámparas, y más intensas que la claridad del sol. Y el niño, a quien María
había envuelto en pañales, mamaba la leche de su madre. Y, cuando ésta acabó de
darle le pecho, lo depositó en el pesebre que en la caverna había.
2. Y la anciana dijo a Santa María: ¿Eres la madre de este recién nacido? Y Santa
María dijo: Sí. Y la anciana dijo: No te pareces a (las demás) hijas de Eva. Y Santa
María dijo: Como mi hijo es incomparable entre los niños, así su madre es
incomparable entre las mujeres… Y la anciana respondió en estos términos: Oh,
señora, yo vine sin segunda intención, para obtener una recompensa. Nuestra Señora
Santa María le dijo: Pon tu mano sobre el niño. Y ella la puso, y al punto quedó
curada. Y salió diciendo: Seré la esclava y la sierva de este niño durante todos los días
de mi vida.

Adoración de los pastores

IV 1. Y, en aquel momento, llegaron unos pastores, y encendieron una gran hoguera,
y se entregaron a ruidosas manifestaciones de alegría. Y aparecieron unas legiones
angélicas, que empezaron a alabar a Dios. Y los pastores también lo glorificaron.
2. Y, en aquel momento, la gruta parecía un templo sublime, porque las voces celestes
y terrestres a coro celebraban y magnificaban el nacimiento de Nuestro Señor
Jesucristo. Cuanto a la anciana israelita, al ver tamaños milagros, dio gracias a Dios,
diciendo: Yo te agradezco, oh Dios de Israel, que mis ojos hayan visto el nacimiento
del Salvador del mundo.

Circuncisión

V 1. Y, cuando fueron cumplidos los días de la circuncisión, es decir, al octavo día, la
ley obligaba c circuncidar al niño. Se lo circuncidó en la caverna, y la anciana israelita
tomó el trozo de piel (otros dicen que tomó el cordón umbilical), y lo puso en una
redomita de aceite de nardo viejo. Y tenía un hijo perfumista, a quien se la entregó,
diciéndole: Guárdate de vender esta redomita de nardo perfumado, aunque te
ofrecieran trescientos denarios por ella. Y aquella redomita fue la que María la
pecadora compró y con cuyo nardo espique ungió la cabeza de Nuestro Señor
Jesucristo y sus pies, que enjugó en seguida con los cabellos de su propia cabeza.
2. Y, habiendo transcurrido diez días, llevaron al niño a Jerusalén. Y, cuarenta días
después de su nacimiento, un sábado, lo condujeron al templo a presencia del Señor, y
ofrecieron, para rescatarlo, los sacrificios previstos por la ley de Moisés, a quien Dios
dijo: Todo primogénito varón me será consagrado.

Presentación de Jesús en el templo

VI 1. Y, cuando María franqueó la puerta del atrio del templo, el viejo Simeón vio,
con ojos del Espíritu Santo, que aquella mujer parecía una columna de luz, y que
llevaba en brazos un niño prodigioso. Y, semejantes a la guardia de honor que rodea a
un rey, los ángeles rodearon en círculo al niño, y lo glorificaron. Y Simeón se dirigió,
presuroso, hacia Santa María, y, extendiendo los brazos hacia ella, le dijo: Dame el
niño. Y tomándolo en sus brazos, exclamó: Ahora, Señor, despide a tu siervo en paz,
conforme a tu palabra. Porque mis ojos han visto la obra de tu clemencia, que has
preparado para la salvación de todas las razas, para servir de luz a todas las naciones, y
para la gloria de tu pueblo, Israel.
2. Y Ana la profetisa fue testigo de este espectáculo, y se acercó para dar gracias a
Dios, y para proclamar bienaventurada a Santa María.

Llegada de los magos

VII 1. Y la noche misma en que el Señor Jesús nació en Bethlehem de Judea, en la
época del rey Herodes, un ángel guardián fue enviado a Persia. Y apareció a las gentes
del país bajo la forma de una estrella muy brillante, que iluminaba toda la tierra de los
persas. Y, como el 25 dcl primer kanun (fiesta de la Natividad del Cristo) había gran
fiesta entre todos los persas, adoradores del fuego y de las estrellas, todos los magos,
en pomposo aparato, celebraban magníficamente su solemnidad, cuando de súbito una
luz vivísima brilló sobre sus cabezas. Y, dejando sus reyes, sus festines, todas sus
diversiones y abandonando sus moradas, salieron a gozar del espectáculo insólito. Y
vieron que una estrella ardiente se había levantado sobre Persia, y que, por su claridad,
se parecía a un gran sol. Y los reyes dijeron a los sacerdotes en su lengua: ¿Qué es este
signo que observamos? Y, como por adivinación, contestaron, sin quererlo: Ha nacido
el rey de los reyes, el dios de los dioses, la luz emanada de la luz. Y he aquí que uno
de los dioses ha venido a anunciarnos su nacimiento, para que vayamos a ofrecerle
presentes, y a adorarlo. Ante cuya revelación, todos, jefes, magistrados, capitanes, se
levantaron, y preguntaron a sus sacerdotes: ¿Qué presentes conviene que le llevemos?
Y los sacerdotes contestaron: Oro, incienso y mirra. Entonces tres reyes, hijos de los
reyes de Persia, tomaron, como por una disposición misteriosa, uno tres libras de oro,
otro tres libras de incienso y el tercero tres libras de mirra. Y se revistieron de sus
ornamentos preciosos, poniéndose la tiara en la cabeza, y portando su tesoro en las
manos. Y, al primer canto del gallo, abandonaron su país, con nueve hombres que los
acompañaban, y se pusieron en marcha, guiados por la estrella que les había aparecido.
Y el ángel que había arrebatado de Jerusalén al profeta Habacuc, y que había
suministrado alimento a Daniel, recluido en la cueva de los leones, en Babilonia, aquel
mismo ángel, por la virtud del Espíritu Santo, condujo a los reyes de Persia a
Jerusalén, según que Zoroastro lo había predicho. Partidos de Persia al primer canto
del gallo, llegaron a Jerusalén al rayar el día, e interrogaron a las gentes de la ciudad,
diciendo: ¿Dónde ha nacido el rey que venimos a visitar? Y, a esta pregunta, los
habitantes de Jerusalén se agitaron, temerosos, y respondieron que el rey de Judea era
Herodes.
2. Sabedor del caso, Herodes mandé a buscar a los reyes de Persia, y, habiéndolos
hecho comparecer ante él, les preguntó: ¿Quiénes sois? ¿De dónde venís? ¿Qué
buscáis? Y ellos respondieron: Somos hijos de los reyes de Persia, venimos de nuestra
nación, y buscamos al rey que ha nacido en Judea, en el país de Jerusalén. Uno de los
dioses nos ha informado del nacimiento de ese rey, para que acudiésemos a presentarle
nuestras ofrendas y nuestra adoración. Y se apoderó el miedo de Herodes y de su
corte, al ver a aquellos hijos de los reyes de Persia, con la tiara en la cabeza y con su
tesoro en las manos, en busca del rey nacido en Judea. Muy particularmente se alarmó
Herodes, porque los persas no reconocían su autoridad. Y se dijo: El que, al nacer, ha
sometido a los persas a la ley del tributo, con mayor razón nos someterá a nosotros. Y,
dirigiéndose a los reyes, expuso: Grande es, sin duda, el poder del rey que os ha
obligado a llegar hasta aquí a rendirle homenaje. En verdad, es un rey, el rey de los
reyes. Id, enteraos de dónde se halla, y, cuando lo hayáis encontrado, venid a
hacérmelo saber, para que yo también vaya a adorarlo. Pero Herodes, habiendo
formado en su corazón el perverso designio de matar al niño, todavía de poca edad, y a
los reyes con él, se dijo: Después de eso, me quedará sometida toda la creación.
3. Y los magos abandonaron la audiencia de Herodes, y vieron la estrella, que iba
delante de ellos, y que se detuvo por encima de la caverna en que naciera el niño Jesús.
En seguida cambiando de forma, la estrella se torné semejante a una columna de fuego
y de luz, que iba de la tierra al cielo. Y penetraron en la caverna, donde encontraron a
María, a José y al niño envuelto en pañales y recostado en el pesebre. Y, ofreciéndole
sus presentes, lo adoraron. Luego saludaron a sus padres, los cuales estaban
estupefactos, contemplando a aquellos tres hijos de reyes, con la tiara en la cabeza y
arrodillados en adoración ante el recién nacido, sin plantear ninguna cuestión a su
respecto. Y María y José les preguntaron: ¿De dónde sois? Y ellos les contestaron:
Somos de Persia. Y María y José insistieron: ¿Cuándo habéis salido de allí? Y ellos
dijeron:
Ayer tarde había fiesta en nuestra nación. Y, después del festín, uno de nuestros dioses
nos advirtió: Levantaos, e id a presentar vuestras ofrendas al rey que ha nacido en
Judea. Y, partidos de Persia al primer canto del gallo, hemos llegado hoy a vosotros, a
la hora tercera del día.
4. Y María, agarrando uno de los pañales de Jesús, se lo dio a manera de eulogio. Y
ellos lo recibieron de sus manos de muy buen grado, aceptándolo, con fe, como un
presente valiosísimo. Y, cuando llegó la noche del quinto día de la semana posterior a
la natividad, el ángel que les había servido antes de guía, se les presenté de nuevo bajo
forma de estrella. Y lo siguieron, conducidos por su luz, hasta su llegada a su país.

Vuelta de los magos a su tierra

VIII 1. Los magos llegaron a su país a la hora de comer. Y Persia entera se regocijó, y
se maravilló de su vuelta.
2. Y, al crepúsculo matutino del día siguiente, los reyes y los jefes se reunieron
alrededor de los magos, y les dijeron: ¿Cómo os ha ido en vuestro viaje y en vuestro
retorno? ¿Qué habéis visto, qué habéis hecho, qué nuevas nos traéis? ¿Y a quién
habéis rendido homenaje? Y ellos les mostraron el pañal que les había dado María. A
cuyo propósito celebraron una fiesta, a uso de los magos, encendiendo un gran fuego,
y adorándolo. Y arrojaron a él el pañal, que se tomé en apariencia fuego. Pero, cuando
éste se hubo extinguido, sacaron de él el pañal, y vieron que se conservaba intacto,
blanco como la nieve y más sólido que antes, como si el fuego no lo hubiera tocado.
Y, tomándolo, lo miraron bien, lo besaron, y dijeron: He aquí un gran prodigio, sin
duda alguna. Este pañal es el vestido del dios de los dioses, puesto que el fuego de los
dioses no ha podido consumirlo, ni deteriorarlo siquiera. Y lo guardaron
preciosamente consigo, con fe ardiente y con veneración profunda.

Cólera de Herodes. La huida a Egipto

IX 1. Cuando Herodes vio que había sido burlado por los magos, y que éstos no
volvían, convocó a los sacerdotes y a los sabios, y les pregunté: ¿Dónde nacerá el
Mesías? Ellos le respondieron: En Bethlehem de Judá. Y él se puso a pensar en el
medio de matar a Nuestro Señor Jesucristo.
2. Entonces el ángel de Dios apareció en sueños a José, y le dijo: Levántate, toma al
niño y a su madre, y parte para la tierra de Egipto. Se levantó, pues, al canto del gallo,
y se puso en camino.

Llegada de la Sagrada Familia a Egipto.
Caída de los ídolos

X 1. Y, mientras pensaba entre sí cómo realizaría su viaje, sobrevino la aurora, y se
encontró haber recorrido la mitad del camino. Y, al despuntar el día, estaba próximo a
una gran aldea, donde, entre los demás ídolos y divinidades de los egipcios, había un
ídolo en el cual residía un espíritu rebelde, y los egipcios le hacían sacrificios, le
presentaban ofrendas, y le consagraban libaciones. Y había también un sacerdote, que
habitaba cerca del ídolo, para servirlo, y a quien el demonio hablaba desde dentro de la
estatua. Y, cada vez que los egipcios querían interrogar a sus dioses por ministerio de
aquel ídolo, se dirigían al sacerdote., quien daba la respuesta, y transmitía el oráculo
divino al pueblo de Egipto y a sus diferentes provincias. Este sacerdote tenía un bijo
de treinta años, que estaba poseido por varios demonios, y que peroraba sobre todo
género de cosas. Cuando los demonios se apoderaban de él, rasgaba sus vestiduras, se
mostraba desnudo a todos, y acometía a la gente a pedradas. Y, en la aldea, había un
asilo, puesto bajo la advocación de dicho ídolo.
2. Y, cuando Santa María y José llegaron a la aldea, y se acercaron al asilo, se apoderó
de los habitantes del país un terror extremo. Y se produjo un temblor en el asilo y una
sacudida en toda la tierra de Egipto, y todos los ídolos cayeron de sus pedestales, y se
rompieron. Todos los grandes de Egipto y todos los sacerdotes de los ídolos se
congregaron junto al sacerdote del ídolo en cuestidn, y le preguntaron: ¿Qué significan
este trastorno y este terremoto que se han producido en nuestro país? Y el sacerdote les
respondió, diciendo: Presente está aquí un dios invisible y misterioso, que posee,
oculto en él, un hijo semejante a sí mismo, y el paso de este hijo ha estremecido
nuestro suelo. A su llegada, la tierra ha temblado ante su poder y ante el aparato
terrible de su majestad gloriosa. Temamos, pues, en extremo, la violencia de u ataque.
En este momento, el ídolo de la aldea se abatió también al suelo, hecho añicos, y su
desplome hizo reunirse a lodos los egipcios cerca del célebre sacerdote, el cual les
dijo: Debemos adoptar el culto de este dios invisible y misterioso. Él es el Dios
verdadero, y no hay otro a quien servir, porque es realmente el hijo del Altísimo.

Curación del hijo del sacerdote idólatra

XI 1. Y el hijo del sacerdote fue acometido de su accidente habitual. Y entró en el
asilo en que Santa María y José se encontraban, y a quienes todo el mundo había
abandonado, huyendo. Y nuestra Señora Santa María acababa de lavar los pañales de
Nuestro Señor Jesucristo, y los había puesto sobre la pared del muro. Y el joven
poseído sobrevino, y agarró uno de los pañales, y lo puso sobre su cabeza. Y, en el
mismo instante, los demonios, bajo forma de cuervos y de serpientes, comenzaron a
salir y a escapar de su boca. Y el poseído quedó curado por orden de Nuestro Señor
Jesucristo. Y empezó a alabar y a dar gracias a Dios, que le había devuelto la salud.
2. Y, como su padre lo hubo encontrado libre de su enfermedad, le pregunté: ¿Qué te
ha ocurrido, hijo mío, y cómo es que has sanado? Y él le contestó: Cuando el demonio
se apoderé por enésima vez de mi persona, fui al asilo. Y allí encontré a una noble
mujer, con un niño. Acababa ésta de lavar los pañales de su hijo, y de depositarlos en
la pared del muro. Tomé uno de ellos, lo puse sobre mi cabeza, y los demonios me
abandonaron, y huyeron despavoridos. Y su padre, transportado de júbilo, le advirtió:
Hijo mío, es posible que ese pequeñuelo sea el hijo del Dios vivo, que ha creado los
cielos y la tierra. Porque, en el momento en que ese hijo de Dios se introdujo en
Egipto, todas nuestras divinidades han sido desplomadas y aniquiladas por la fuerza de
su poder.

Temores de María y de José

XII 1. Y se cumplió la profecía que decía: De Egipto llamé a mi hijo.
2. Y, como María y José supiesen la caída y el aniquilamiento del ídolo, fueron presa
de temor y de espanto, y se dijeron: Cuando estábamos en tierra de Israel, Herodes
proyectaba matar a Jesús, y, por su causa, mató a todos los niños pequeños de
Bethlehem y de sus alrededores. No hay duda sino que los egipcios, al enterarse de por
qué accidente se rompió ese ídolo, nos entregarán a las llamas.
3. Y, en efecto, el rumor llegó hasta el Faraón, el cual mandó buscar al niño, pero no lo
encontró. Y ordenó que todos los habitantes de su ciudad, cada uno de por sí, se
pusiesen en campaña para proceder a la búsqueda, hallazgo y captura del niño. Y,
cuando Nuestro Señor se acercó a la puerta de la ciudad, dos autómatas, que estaban
fijados a cada lado de la puerta, se pusieron a gritar: ¡He aquí el rey de los reyes, el
hijo del Dios invisible y misterioso! Y el Faraón procuró matarlo. Pero Lázaro salió
fiador por él, y María y José se escaparon, y partieron de allí.

Liberación de viajeros capturados por bandidos

XIII 1. Y, después que de allí partieron, llegaron a un paraje, donde se hallaban unos
bandidos, que habían robado a una caravana de viajeros, los habían despojado de sus
vestiduras, y los habían atado. Y aquellos bandidos oyeron un tumulto inmenso,
semejante al causado por un rey poderoso, que saliese de su capital, acompañado de
caballeros, de soldados, de tambores y de clarines. Y los bandidos, acometidos de
miedo y de pavor, abandonaron todo aquello de que se habían apoderado.
2. Entonces los secuestrados se levantaron, se desataron mutuamente las ligaduras,
recobraron su caudal, y se marcharon. Y, viendo aproximarse a María y a José, les
dijeron: ¿Dónde está el rey y señor, cuyo tren brillante y tumultuoso oyeron acercarse
los bandidos, y a consecuencia de lo cual nos abandonaron, y nos dejaron libres? Y
José repuso: El va a llegar sobre nuestros pasos.

Curación de una poseída

XIV 1. Y alcanzaron otra aldea, donde había una pobre mujer poseída, la cual,
habiendo salido de su casa por la noche en busca de agua, vio al Maligno bajo la figura
de un joven. Y puso la mano sobre él, para agarrarlo, no pudo ni aun tocarlo. Y el
rebelde maldito había entrado en el cuerpo de la mujer, estableciéndose así, y
manteniéndola en el estado de naturaleza, como en el día de su nacimiento.
2. Y la poseída no podía soportar sobre sí vestido alguno, ni residir en los lugares
habitados. Cuantas veces se la sujetaba con cadenas o con trabas, otras tantas las
rompía, y se escapaba desnuda al desierto. Y se colocaba en las encrucijadas de los
caminos y en las tumbas, y tiraba piedras sobre cuantos pasaban, causando mucho
enojo a las gentes de la localidad, las cuales deseaban su muerte, y su familia estaba
también muy afligida.
3. Cuando María y José entraron en aquella aldea, vieron a la infeliz, sentada, desnuda
y ocupada en reunir piedras. Y María tuvo piedad de su estado, y, tomando uno de los
pañales de Jesús, lo echó sobre ella. Y, en el mismo instante, el demonio la abandonó
precipitadamente bajo la figura de un joven, maldiciendo y gritando: ¡Malhaya yo, a
causa tuya, María, y de tu hijo! Y aquella mujer quedó libre de su azote. Vuelta en sí,
confusa de su desnudez, y evitando las gentes, se cubrió con el pañal de Jesús, corrió a
su casa, se vistió, e hizo a los suyos un relato detallado del hecho. Y los suyos, que
eran los personajes más importantes de la aldea, dieron hospitalidad a María y a José,
con magnificencia generosa.

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