Evangelio de Santo Tomas paginas 41 al 60

Evangelio de Santo Tomas Paginas 41 al 60
Evangelio de Santo Tomas Paginas 41 al 60

EL EVANGELIO ARMENIO DE LA
INFANCIA
Lo que advino, con motivo de la Santa Virgen María, en la casa de su padre.
Relato de Santiago, hermano del Señor

Evangelio de Santo Tomas Paginas 41 al 60. I 1. En aquel tiempo, un hombre llamado Joaquín salió su casa, llevando consigo sus
rebaños y sus pastores, y fue al desierto, donde fijó su tienda. Y, después de haber
permanecido allí en oración, durante cuarenta días y cuarenta noches, gimiendo,
llorando y no viviendo más que de pan y de agua, se arrodilló, y, en la aflicción de su
alma, rogó a Dios en estos términos: Acuérdate de mí, Señor, según tu misericordia y
tu justicia, y opera en mí una señal de tu benevolencia, como lo hiciste con nuestro
antepasado Abraham, a quien, en los días de su vejez, concediste un vástago de
bendición, hijo de la promesa, Isaac, su descendiente único y prenda de consuelo para
su raza. Y de esta suerte, con lágrimas y alma afligida, pedía piedad a Dios. Y decía:
No me iré de aquí, ni comeré, ni beberé, hasta que el Señor me haya visitado, y haya
tenido compasión de su siervo.
2. Y, cuando se acabaron los cuarenta días de ayuno, advino el ángel del Señor, y,
colocándose ante Joaquín, le dijo: Joaquín, el Señor ha oído tus plegarias, y ha
atendido tus súplicas. He aquí que tu mujer concebirá, y te dará a luz un vástago de
bendición. Y su nombre será grande, y todas las razas lo proclamarán bienaventurado.
Levántate, toma las ofrendas que has prometido, llévalas al templo santo, y cumple tu
voto. Porque yo iré esta noche a prevenir al Gran Sacerdote, para que acepte esas
ofrendas. Y, después de hablar así, el arcángel lo abandonó. Y Joaquín se levantó en
seguida con júbilo, y partió con sus numerosos ganados y con sus ofrendas.
3. Y el ángel del Señor, apareciendo a Eleazar, el Gran Sacerdote, en una visión
semejante, le dijo: He aquí que Joaquín viene hacia ti con ofrendas. Recibe sus dones
religiosamente y conforme a la ley, como conviene. Porque el Señor ha escuchado sus
ruegos, y ha realizado su demanda. Y el Gran Sacerdote se despertó de su sueño, se
levantó, y dio gracias al Altísimo, diciendo: Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque no desdeña a sus servidores que le imploran. Después, el ángel apareció por
segunda vez a Ana, y le dijo: He aquí que tu marido llega. Levántate, ve a buscarlo, y
recíbelo con alegría. Y Ana se levantó, revistió su atavío nupcial, y fue a buscar a su
marido. Y, cuando lo divisó, se prosternó con júbilo ante él, y le echó al cuello los
brazos.
4. Y Joaquín dijo: Salud y feliz noticia, Ana, porque el Señor ha tenido piedad de mí,
me ha atendido, y ha prometido damos un vástago de bendición. Y Ana dijo a Joaquín:
Buena nueva a mi vez te doy, porque también a mí el Señor ha prometido darnos lo
que dices. Y, transportada de gozo, añadió: Bendito sea el Señor, Dios de Israel, que
no ha desdeñado nuestras súplicas, y que no ha apartado de nosotros su misericordia.
Y, al mismo tiempo, Joaquín ordenó que se llamase a sus amigos y vecinos, y les hizo
una recepción grandiosa. Comieron, bebieron, se regocijaron, y, después de haber
rendido gracias al Señor, volvieron cada uno a su casa. Y glorificaron a Dios en alta
voz.

Del nacimiento de la Virgen María, y lo que ocurrió en casa de su padre

II 1. Y Joaquín se levantó muy temprano, llamó a sus pastores, y les dijo: Traedme
diez corderos blancos, y esto será la ofrenda para el templo augusto de mi Dios; y doce
terneros, y esto será para los sacerdotes, los escribas y los ministros, que son los
servidores de la Sinagoga y cien moruecos, y esto será para todo el pueblo de Israel. Y,
cuando Joaquín hubo tomado estas ofrendas, las llevó al templo del Señor, y,
habiéndose prosternado ante los sacerdotes y ante toda la asamblea, les presentó los
dones aportados. Y ellos se regocijaron, y lo felicitaron de que hubiese placido al
Señor aceptar de sus manos tan santas ofrendas. Y la multitud de gentes que se
encontraban allí, estaban admirados, y decían: Alabado sea el Señor Dios de Israel,
que ha realizado los votos de tu corazón. Ve en paz a tu casa, y el Señor será contigo
perpetuamente, y te dará un hijo bendito y un vástago santificado, fruto de las entrañas
de tu esposa.
2. Y Joaquín, después de haberse prosternado ante los sacerdotes, se levantó, entró en
el templo, y, puesto en oración, daba gracias al Señor, y decía: Señor Dios de Israel,
puesto que has escuchado a tu servidor, y lo has tratado con amplia medida de
misericordia, yo te prometo que el hijo que me concedes, sea del sexo masculino o del
femenino, te lo daré, para que esté a tu servicio en este templo, todos los días de su
vida. Y, luego que hubo hablado así, Joaquín se incorporó, y marchó gozosamente a su
casa.
3. Transcurridos tres meses, el hijo se estremecía en el vientre de su madre. Y Ana,
llena de gran júbilo, dijo en un transporte de alegría: Por la vida del Señor, si me es
concedido un hijo de bendición del sexo masculino o femenino, lo doy al templo santo,
por todos los días de su vida. Y Ana cumplió ciento sesenta días de su embarazo, lo
que equivale a seis meses.
4. Y Joaquín partió con presentes, llegó al templo santo, y, ante los sacerdotes, ofreció
los sacrificios que había prometido cumplir íntegramente al comienzo del año. Y, al
levantar las víctimas sobre el altar de los sacrificios, e inmolarlas, los sacerdotes
vieron, mientras la sangre corría, que aquellas víctimas no contenían ninguna mácula,
y, llenos de gozo, dieron gracias al Altísimo.
5. Mas Joaquín, después de haber hecho sus ofrendas ordinarias, tomó un cordero, y,
haciendo primero su oblación, lo sacrificó después sobre el altar. Y todos vieron por
un prodigio inesperado salir de la arteria una especie de leche blanca en lugar de
sangre. Ante tan singular espectáculo, los sacerdotes y todo el pueblo quedaron
atónitos, sorprendidos y maravillados. Porque jamás se había visto un prodigio
semejante al que se verificara en tal sacrificio. Y Eleazar, el Gran Sacerdote, requirió a
Joaquín para que dijese en nombre de qué había presentado en ofrenda y en sacrificio
aquel cordero sobre el altar.
6. Y Joaquín respondió: Las primeras ofrendas las prometí al Señor, como un voto que
debía cumplir. Pero este último cordero lo ofrecí en nombre de mi vástago futuro, y a
él lo reservé. Y el Gran Sacerdote dijo: ¿Sabes lo que implica ese signo que el Señor te
ha mostrado en nombre de tu vástago futuro? La leche que acaba de salir de esa arteria
tiene una significación precisa. Porque lo que nacerá del vientre de su madre, será una
hembra, una virgen impecable y santa. Y esta virgen concebirá sin intervención de
hombre, y nacerá de ella un hijo varón, que llegará a ser un gran monarca y rey de
Israel. Y, al oír estas cosas, todos los que estaban presentes, fueron presa de la mayor
admiración. Joaquín se dirigió en silencio a su casa, y contó a su esposa los prodigios
que habían ocurrido. Y, dando gracias a su Dios, se regocijaron, y dijeron al Altísimo:
Hágase tu voluntad.
7. Y, cuando el embarazo de Ana alcanzó los doscientos diez días, lo que hace siete
meses, súbitamente, a la hora séptima, Ana trajo al mundo a su santa hija, durante el
día 21 del mes (de …), que es el 8 de septiembre. El primer día preguntó a la partera:
¿Qué he traído al mundo? Y la partera contestó: Has traído al mundo una hija
extremadamente bella, graciosa y radiante a la vista, sin tacha ni mancilla alguna. Y
Ana exclamó: Bendito sea el Señor Dios de Israel, que ha escuchado las súplicas de
sus siervos, que nos ha mostrado su amplia misericordia, y que ha hecho por nosotros
grandes cosas, que han inundado de gozo nuestra alma. Ahora mi corazón está
sólidamente establecido en el Señor, y mi esperanza ha sido exaltada en Dios mi
Salvador.
8. Y, cuando la niña tuvo tres días, Ana ordenó a la partera que la lavase, y la llevase a
su dormitorio con respeto. Y, habiéndole la partera presentado a la niña, le dio el
pecho, y la nutría con su leche. Y, en una efusión de ternura, le puso por nombre
María. De día en día la niña crecía y adelantaba, y la madre, en los transportes de su
júbilo, la mecía entre sus brazos. Y así sus padres la alimentaban y la cuidaban. Y,
cuando llegó el tiempo de la purificación, por haber cumplido María cuarenta días, sus
padres la tomaron con respeto, y, aportando numerosas ofrendas, la condujeron al
templo santo, conforme a la regla de su tradición.
9. Y la pequeña María crecía y adelantaba de día en día. Cuando cumplió seis meses,
su madre permitió que intentase andar por sí sola. Y la niña avanzó tres pasos por sí
sola, y volviendo atrás, se echó en brazos de su madre. Y su madre, levantándola en
sus brazos, y haciéndole caricias, exclamó: ¡Oh tú, María, santa madre de las vírgenes,
raíz de hermoso crecimiento, rama de un noble trono, de ti se levantará la aurora, el
astro precursor de la luz, semejante a la luna más que ninguna estrella, luz del día más
brillante que el esplendor del sol, alba del sol del Oriente! Así hablaba Ana, y añadía
otras muchas cosas aún. Y, acariciando a su santa hija, decía: Por la vida del Señor, tus
pies no pisarán el suelo hasta el día en que te llevemos al templo. Y Ana pidió a
Joaquín: Construye a tu hija María un aposento en que habite, hasta el momento en
que sea mayor, y la llevemos al templo santo.
10. Y, pasado algún tiempo, los esposos se dijeron entre sí: Conduzcámosla a la casa
del Señor, para que viva en su presencia, conforme a nuestro voto. Pero Ana advirtió a
Joaquín: Esperemos a que adquiera conciencia de sí misma. Y, en aquellos mismos
días, Ana quedó encinta, y trajo al mundo una niña que llamó Parogithä, diciendo:
María será del Señor, y Parogithü constituirá nuestras delicias (phurgäiä) en lugar de
María.

De la educación de la Virgen María, que tuvo lugar en el templo, durante doce años

III. 1. Y Joaquín dijo a Ana: Se han cumplido los días de la hija que ha nacido en
nuestra casa. Manda que se convoque a todas las hijas de los hebreos, vírgenes
consagradas a Dios para que cada una tome una lámpara en su mano, y conduzcan a la
niña, con santo respeto, al templo del Señor. Y, habiéndola conducido, la colocaron en
la tercera grada del tabernáculo. Y el Señor Dios le concedió gracia y sabiduría. Un
ángel que descendió del cielo, le servía la mesa, y se veía alimentada por los ángeles
del Espíritu Santo. Y, en el tabernáculo, oía incesantemente el lenguaje y el canto de
los ángeles.
2. María tenía tres años, cuando sus padres la llevaron al templo, y en él permaneció
doce. Al cabo de un año, sus padres murieron. María experimentó viva aflicción por la
pérdida de los que le habían dado el ser, y les guardó el duelo oficial de treinta días.
Establecida en el templo, fue allí educada, y se perfeccionó a la manera de las mujeres,
como las demás hijas de los hebreos que con ella se encontraban, hasta que alcanzó la
edad de quince años.
3. En aquel año, murió Eleazar, el Gran Sacerdote. Y los hijos de Israel, siguiendo las
reglas del duelo, lloraron por él treinta días. Y, después de todos estos
acontecimientos, tuvo lugar una asamblea de los sacerdotes, de los ancianos del pueblo
y de otros notables, que resolvieron designar un Gran Sacerdote del templo,
consultando la suerte. Y la suerte recayó sobre Zacarías, hijo de Baraquías. Todos los
sacerdotes lo impusieron, y lo nombraron soberano ministro y Sumo Pontífice del
santo altar. E Isabel, esposa de Zacarías, y Ana, eran parientes, y ambas a dos
infecundas. Y, desde el embarazo de Ana y el nacimiento de María hasta el momento
en que Zacarías comenzó a ejercer sus funciones de Gran Sacerdote, habían
transcurrido catorce años.
4. Y, siendo ya Zacarías el Gran Sacerdote, su esposa continuaba estéril, y sin tener
hijos, como Ana. Y, fuera de tiempo, los sacerdotes y todo el pueblo hicieron una
reflexión demasiado tardía, y se dijeron los unos a los otros: Es extremadamente
enojoso que no hayamos comprendido más pronto lo que hicimos. Porque hemos
establecido este Gran Sacerdote, sin advertir el defecto que se oponía a ello, dado que
su esposa es infecunda, y no ha concebido fruto de bendición. Y uno de los sacerdotes,
llamado Levi, dijo: este me parece justo, y, con vuestro permiso, se lo comunicará. Los
otros sacerdotes observaron: Declárale la cosa a él solo y en secreto, y no hables de
eso a nadie más. Y el sacerdote, asintiendo, dijo: Conforme. Se lo manifestará a él, y a
nadie más que a él.
5. Un día, pues, como hubiese terminado el tiempo de la plegaria, el sacerdote fue
secretamente a entrevistar se con Zacarías, y le notificó la conversación que había
tenido con sus compañeros. Al oír tal, Zacarías se turbó hasta lo sumo, y dijo entre sí:
¿Qué hará? ¿Qué respuesta he de dar? Porque, en lo tocante a mí, no me remuerde la
conciencia el haber hecho mal alguno, y, si me odian sin causa, a pesar de mi
inocencia, al Señor únicamente corresponde. examinarlo. Si repudio a mi esposa, sin
alegar ningún desaguisado por su parte, cometerá una falta torpe. Y sería muy penoso
para mí atribuirme un delito que no he cometido, para que se me destituya, o, sin decir
nada, abdicar el pontificado y el servicio del santo altar. ¿Qué, pues, va a ocurrir en
esta grave perplejidad que a mi alma atormenta?
6. Y, mientras revolvía en su pensamiento todas estas reflexiones, llegó la hora de la
oración ritual, en que debía depositar el incienso ante el Señor. Y, manteniéndose en el
templo cerca del santo altar, y llorando frente al tabernáculo, rogaba de esta suerte:
Señor, Dios de nuestros padres, Dios de Israel, mírame con misericordia, a mí, tu
siervo, que se presenta lleno de confusión delante de tu majestad, y que implora la
dulce gracia de tu benevolencia. No desdeñes a tu siervo humilde. Si me juzgas digno
de servir tu santo altar, usa a mi respecto de tu tierna bondad hacia los hombres, pues
que tú solo eres piadoso y omnipotente. Sea para ti la gloria en todos los siglos. Amén.
7. Así habló Zacarías, mientras se encontraba a la derecha del santo altar, y,
prosternado, adoraba al Señor. Y he aquí que un ángel de Dios le apareció, en el
tabernáculo, y le dijo: No temas, Zacarías, porque tus plegarias han sido atendidas, y
tus súplicas han llegado hasta Dios. He aquí que tu esposa Isabel concebirá y parirá un
hijo, y llamaréis su nombre Juan. Mas Zacarías repuso: ¿Cómo puede suceder eso,
puesto que yo soy viejo, y mi mujer avanzada en edad? Y el ángel dijo: Por cuanto no
me has escuchado, ni creído mis palabras, he aquí que quedarás mudo e incapaz de
hablar, hasta que esas cosas advengan. Y, en el mismo instante, Zacarías fue atacado
de mutismo en el templo, y, habiéndose arrodillado en silencio frente al santo altar, se
golpeó el pecho, y lloró con amargura.
8. Y los sacerdotes y la multitud del pueblo que se encontraba allí, notaron con
sorpresa y con asombro que Zacarías se retardaba en el templo. Y, habiéndose
introducido cerca de él, los sacerdotes lo encontraron atacado de mutismo. No podía
hablar, y no se explicaba más que por gestos. Después, cuando hubo pasado la fiesta
de los santos tabernáculos, el 15 del mes de tesrín, que es el 2 de octubre, finaron las
primeras solemnidades. El 22 de tesrín, que es el 9 de octubre, Isabel quedó encinta. Y
el 16 del mes de tammuz, que es el 5 de junio, tuvo lugar el nacimiento de Juan el
Bautista.

De cómo los sacerdotes, siguiendo su uso tradicional, dieron a María en matrimonio
a José, para que velase cuidadosamente por la Santa Virgen, y cómo él la tomó bajo
su guarda, confiando en el Señor

IV 1. Cuando, transcurridos quince años, terminó la residencia santificada de María
en el templo, los sacerdotes deliberaron entre sí, y se preguntaron: ¿Qué haremos de
María? Sus padres, que han muerto, nos la confiaron en el templo, como un depósito
sagrado. Ahora ha alcanzado, en toda su plenitud, el desarrollo propio de las mujeres.
No es posible guardarla más tiempo entre nosotros, porque es preciso evitar que el
templo de Dios sea profanado sin noticia nuestra. Y los sacerdotes se repitieron los
unos a los otros: ¿Qué nos toca hacer? Y uno de ellos, un sacerdote llamado Behezi,
dijo: Hay todavía con ella en el templo muchas otras hijas de los hebreos. Vayamos,
por tanto, a interrogar a Zacarías, el Gran Sacerdote, y lo que él juzgue conveniente, lo
haremos. Todos contestaron, unánimes: Está bien. Y el sacerdote Behezi se presentó
ante Zacarías, y le dijo: Tú eres el Gran Sacerdote, avezado a la guarda del santo altar.
Y hay aquí hijas de los hebreos, que se han consagrado a Dios. Entra en el Santo de los
Santos, y ruega por la intención suya. Todo lo que el Señor revele, lo haremos según
su voluntad.
2. E inmediatamente Zacarías se levantó, y, tomando el racional, entró en el Santo de
los Santos, y rogó por aquellas jóvenes. Y, mientras esparcía el incienso ante el Señor,
he aquí que un ángel de Dios fue a colocarse cerca del altar del tabernáculo, y le dijo:
Sal a la puerta del templo, y ordena que se llame a las once hijas de los hebreos, y, con
ellas, trae aquí a María, que es de la raza de Judá y de la familia de David. Ordena
también que se llame a todos los celibatarios de la ciudad, y que cada uno aporte una
tablilla. Colocarás todas las tablillas en el tabernáculo de la alianza, escribirás el
nombre de cada uno sobre su tablilla, harás la plegaria, y cada virgen se casará con el
hombre que Dios designe entre ellos. Y el Gran Sacerdote salió del templo, y ordenó
que cuantos fuesen celibatarios se n,uniesen en aquel lugar. Y, al conocer esta orden,
todos, hasta el último, se reunieron en el lugar indicado, llevando cada uno en la mano
su tablilla. Y el viejo José, que también conoció aquella orden, abandonó su azuela de
carpintero, y, tomando una tablilla, se apresuró a ir al lugar marcado. Y el Gran
Sacerdote le tomó de las manos la tablilla, la aceptó, y, entrando en el templo, hizo la
plegaria por aquellos hombres.
3. Era, en efecto, uso constante entre las familias de Israel salidas de la tribu de Judá y
de la línea de David, colocar a sus hijas en el templo, donde se las guardaba en la
santidad y en la justicia por el espacio de doce años, para allí servir, y esperar el
momento de los decretos divinos, o sea, aquel en que el Verbo tomaría carne de una
pura e impecable virgen, y, convertido exteriormente en uno de tantos hombres, pisaría
la tierra con paso humano. La raza de Israel guardaba esa regla, consignada por escrito
y conservada en el templo por la tradición de los antepasados. Y, a menos que no
apareciese ningún signo o advertencia del Espíritu Santo, daban a aquellas jóvenes en
matrimonio. Así se procedió con aquellas doce vírgenes, que eran de la raza de Judá y
de la familia de David, y entre las cuales se encontraba la Virgen María, que tenía
preeminencia sobre todas. Se las reunió de común acuerdo, y se las hizo comparecer
en el lugar señalado. Y los sacerdotes consultaron la suerte a cuenta de ellas y a
intención de los celibatarios, para saber quién de éstos recibiría una como esposa.
4. Y, cuando el Gran Sacerdote devolvió a los celibatarios sus tablillas respectivas, que
había sacado del templo, vio que el nombre de cada una de las vírgenes estaba grabado
sobre la tablilla de aquel a quien había tocado por mujer. Y, al tomar Zacarías las
tablillas, éstas no llevaban ningún signo, excepto los nombres que se hallaban escritos
en ellas. Pero, al entregar a José la última, en la cual se encontraba escrito el nombre
de María, he aquí que una paloma, que salió de la tablilla, se posó sobre la cabeza del
agraciado. Y Zacarías dijo a José: A ti te corresponde la Virgen María. Recíbela, y
guárdala como esposa tuya, puesto que te ha caído en suerte por una decisión santa,
para que se enlace contigo en matrimonio, como cada una de las otras vírgenes a uno
de los celibatarios.
5. Mas José, al oír esto, resistió y repuso: Yo os ruego, sacerdotes y todo el pueblo,
reunidos en este templo santo, que no me violentéis en presencia de todos. ¿Cómo haré
nada de lo que me decís? Tengo una numerosa familia de hijos y de hijas, y quedaría
avergonzado y confuso ante ellos. ¡No me violentéis! Mas los sacerdotes y todo el
pueblo le contestaron: Obedece a la voluntad de Dios, y no seas recalcitrante e
insumiso, porque no obras según la ley, al oponerte a esa voluntad. Y José dijo:
Siendo, como soy, viejo, y estando próximo a la muerte, ¿por qué me obligáis a hacer
en mi ancianidad cosas que no convienen a mi edad, ni a mi condición? Y el Gran
Sacerdote dijo: Escucha. No tendrás vergüenza ni confusión de ningún lado, sino de
todas partes bendición y gloria. Y José dijo: Hablas bien, pero la que me ha tocado es
una niña, no una mujer, y, al verlo y comprenderlo, todos los hijos de Israel me
pondrán en ridículo. Y el Gran Sacerdote dijo: Sabemos que eres bueno, justo y
temeroso de Dios. Esta virgen es huérfana, y se ve privada de sus padres. La hemos
tomado en tutela protectora, y en el templo la hemos residenciado, bajo la fe del
juramento. Los sacerdotes y todo el pueblo acabamos de atestiguar legalmente que te
ha caído en suerte María. Recógela por nuestra voluntad y nuestra bendición, y
guárdala con santidad y con respeto, conforme a la ley a la tradición de nuestros
antepasados, hasta que te llegue el momento de recibir la corona de gloria, al mismo
tiempo que las otras vírgenes y los otros celibatarios.
6. Y José dijo: Tened piedad de los cabellos blancos de mi vejez. No me impongáis la
carga, a que no tengo inclinación alguna, de guardarla con cuidado y con
circunspección, como conviene. Es una virgen que acaba de llegar a la edad núbil,
conforme a la naturaleza de las mujeres. ¿Cómo ha de ser para mí un deber aceptarla
en matrimonio, ya que esto constituiría un pecado? Y el Gran Sacerdote dijo: Si no
estabas dispuesto a consentir en las consecuencias de este acto, ¿quién te ha obligado a
ello? ¿Por qué has venido con los otros celibatarios? Y advierte que, después de
haberte presentado con ellos, y de haber tirado a la suerte, según el uso consagrado,
has recibido del templo del Señor un signo bendito e indicativo de que Dios te ha
concedido a María en matrimonio. Y José dijo: Yo no sabía esto de antemano, y, por
mis propias reflexiones, no me era posible conocer el acontecimiento que se preparaba,
ni sus resultas. Pero, repito, me hallo a punto de morir, y espero que respetéis los
cabellos blancos de mi cabeza y mi vida sin tacha. Y el Gran Sacerdote dijo: Teme al
Señor, y no resistas a sus órdenes. Recuerda cómo Dios procedió con Coré, Dathan y
Abiron, y cómo la tierra se abrió y los tragó a causa del acto de desobediencia que
cometieron. No los imites, si quieres evitar alguna desgracia imprevista, que te
advenga de súbito.
7. Cuando José hubo oído estas palabras, se inclinó, se prosternó ante los sacerdotes y
ante todo el pueblo, y sacando del templo a María, partió con ella, y la condujo a su
casa, en la villa de Nazareth. Al llegar, le advirtió: Hija mía, presta oídos a lo que voy
a decirte, y guarda su recuerdo. Yo proveeré a todas tus necesidades materiales, y tú
habitarás aquí honestamente. Guárdate a ti misma, y por ti misma vela. No vayas
inútilmente a parte alguna, y procura que nadie entre en casa, hasta que llegue el
momento en que, Dios mediante, vuelva al lado tuyo. Sea eternamente contigo el Dios
de Israel, Dios de nuestros padres. Y, habiendo hablado así, se levantó, y se puso en
camino, para ir a ejercer su oficio de carpintero.
8. Y, al cabo de pocos días, sucedió que los sacerdotes se reunieron en consejo, y
dijeron: Mandemos hacer, para el templo, un velo que será expuesto en el día de la
gran fiesta, ante la congregación de todo el pueblo, y que realzará el esplendor del
culto en el santo tabernáculo. Entonces el Gran Sacerdote ordenó que se convocase a
las mujeres y a las vírgenes que estaban consagradas a Dios en el templo, y que
pertenecían a la tribu de Judá y a la estirpe de David. Y, cuando las once vírgenes
hubieron llegado, Zacarías se acordó de que María pertenecía a aquella tribu y a
aquella estirpe, y mandó que fuesen a buscarla. Y, cuando María llegó, el Gran
Sacerdote dijo: Echad a suertes, para saber quiénes habéis de tejer la muselina y la
púrpura, lo encarnado y lo azul, y, echadas las suertes, la púrpura y la escarlata tocaron
a María. Y, tomándolas en silencio, regresó y comenzó por hilar la escarlata, ante todo.

Sobre la voz del ángel mensajero, que anunció la impregnación de la Santa Virgen
María

V 1. El año 303 de Alejandro, el 31 del mes de adar, el primer día de la semana, a la
hora tercera del día, María tomó su cántaro, y fue a la fuente en busca de agua. Y oyó
una voz que decía: Regocíjate, Virgen María. Súbitamente, María se turbó, y quedó
helada de espanto. Y miró a derecha y a izquierda, y, no viendo a nadie, se preguntó:
¿De dónde ha partido la voz que se ha dirigido a mí? Y, recogiendo su cántaro, marchó
precipitadamente a su casa, cuya puerta cerró y encerrojó cuidadosamente. Después, se
recogió, silenciosa, en el fondo de la casa. Y, en el estupo de su espíritu, se decía con
asombro: ¿Qué saludo es que se me ha hecho? ¿Cuál es el que me conoce, y sabe de
antemano quién soy? ¿A quién he visto yo que pueda hablarme en esos términos? Y,
pensando en todas esta cosas, se estremecía y temblaba.
2. Y, levantándose, se puso en oración, y dijo: Señor Dios de Israel, Dios de nuestros
padres, mírame con misericordia, y condesciende a mi demanda, y a la plegaria di mi
corazón. Escucha a tu miserable sierva, que te implora con esperanza y con confianza.
No me entregues a las tentaciones del seductor y a las emboscadas del enemigo, y
líbrame de los peligros y de la astucia del cazador, porqui espero y confío en que
guardarás mi virginidad intacta Señor y Dios mío. Y, luego que hubo hablado así,
rindió gracias al Señor, llorando. Y, después de haber permanecido en este estado
durante tres horas, tomando la escarlata, se puso a hilar.
3. Y he aquí que el ángel del Señor llegó, y penetró cerca de ella, estando las puertas
cerradas. El ser incorpóreo se le presentó bajo la apariencia de un ser corpóreo, y le
dijo: Regocíjate, María, sierva inmaculada del Señor Como el ángel se le apareciera de
súbito, María sintió pánico, y, en su pavor, era incapaz de responder. Y el ángel dijo:
No te espantes, María, bendita entre todas las mujeres. Yo soy el ángel Gabriel,
enviado por Dios para comu nicarte que quedarás encinta, y que darás a luz al hijo de
Altísimo, el cual será un gran rey, y prevalecerá sobre la tierra toda. María le preguntó:
¿De qué hablas? ¿Qué es lo que expresas? Explícame este enigma. Y el ángel repuso:
Lo que te he dicho, lo has oído de mi boca. Recibe la invitación contenida en este
mensaje que acabo de hacerte y regocíjate. María dijo: Lo que me manifiestas es de
una novedad desconcertante, que me llena de sorpresa y de asombro, pues afirmas que
concebirá y pariré al tenor de las demás mujeres. ¿Cómo ha de ocurrirme esto, si yo no
conozco varón? Y el ángel dijo: ¡Oh Santa Virgen María, no abrigues sospechas tales,
y comprende lo que te revelo! No concebirás de una criatura, ni de un marido, ni de la
voluntad de un hombre, sino del poder y de la gracia del Espíritu Santo, que habitará
en ti, y que hará de ti lo que le plazca. María dijo: Lo que me anuncias me parece
extraordinario y duro de creer. Yo no puedo conformarme, ni resignarme, con las
cosas que me dices. Porque los prodigios de que me hablas, me parecen chocantes en
principio e inverosímiles de hecho. Al oír tus palabras, mi alma se estremece de
miedo, y tiembla. Mi espíritu continúa en la perplejidad, y no sé qué respuesta dar a
tus discursos. El ángel preguntó: ¿Por qué te estremeces, y por qué tiembla tu alma?
4. Y María repuso: ¿Cómo podré conceder crédito a tus palabras, si jamás oí a nadie
otras parecidas, y ni aun sé lo que pretendes comunicarme? El ángel dijo: Mis
discursos son la exacta verdad. No te hablo a la ventura, ni conforme a mis propias
ideas, sino que te digo lo que he oído del Señor, y que Dios me ha enviado a
notificarte y a exponerte. Y tú tomas mi lenguaje por una falsedad. Teme al Señor, y
escúchame. La Virgen repuso: No es que considere tus discursos vanos, sino que estoy
poseída de un profundo asombro. Aquel que el firmamento y la tierra no pueden
contener, ni envolver su divinidad, y cuya gloria no pueden contemplar todas las
falanges celestes de espíritus luminosos y de seres ígneos, ¿podría yo sostenerlo, y
soportar su ardor infinito, y abrigarlo en mi carne? ¿Cómo sería yo capaz de llevarlo
corporalmente en mi seno, y de tocarlo con mis manos? Tu discurso es inverosímil; la
idea, incomprensible, y su realización desconcertante. Se necesita más que toda la
clarividencia del espíritu humano para escrutarlo y comprenderlo. ¿Quieres alucinar
mi espíritu con un discurso engañador? ¡No será así! El ángel replicó: ¡Oh
bienaventurada María, escúchame lo que decirte quiero! ¿Cómo la tienda de Abraham
recibió a Dios bajo formas corpóreas, sin que el fuego se le aproximase? ¿Cómo habló
Dios a Jacob, después de luchar con él? ¿Cómo Moisés, en el Sinaí, vio a Dios cara a
cara, y la hoguera en que se le mostró ardió, sin consumirse? A ti te sucederá igual por
otro concepto, y no tienes por qué temer a este propósito. Cree solamente, y oye lo que
ahora voy a significarte.
5. María opuso aún: ¿Cómo me sucederá lo que dices? ¿Y cómo conocerá yo en qué
día y a qué hora ocurrirá el suceso? Indícamelo. Y el ángel contestó: No hables así de
lo que ignoras, y no te niegues a creer lo que no comprendes. Humilla tu oído, y cree
todo lo que te revelo. María dijo: No hablo así por incredulidad, ni por desconfianza,
pero quiero asegurarme con exactitud, y saber con certeza cómo la cosa me ocurrirá y
en qué momento, a fin de que me halle dispuesta y prevenida. El ángel repuso: Su
advenimiento puede acaecer a cualquier hora. Al penetrar en tu seno, y habitar en él,
purificará y santificará toda la esencia de tu carne, que se convertirá en templo suyo.
María dijo: Pero ¿cómo advendrá esto, puesto que, repito, no conozco varón? El ángel
dijo: El Espíritu Santo vendrá a ti, y la potencia del Altísimo te cubrirá con su sombra.
Y el Verbo divino tomará de ti un cuerpo, y parirás al hijo del Padre celestial, y tu
virginidad permanecerá intacta e inviolada. María dijo: ¿Y cómo una mujer,
conservando su virginidad, puede tener un hijo, sin la intervención de un hombre?
6. Y el ángel replicó: El caso no será como piensas. Tu maternidad no será efecto de
una concupiscente pasión corpórea, ni tu embarazo consecuencia de una relación
conyugal, porque tu virginidad permanecerá pura y sin tacha. La entrada del Verbo
divino no violará tu vientre, y, cuando salga de él, con su carne, no destruirá tu pureza
inmarchita, María exclamó: Tengo miedo de ti, porque me sonsacas con palabras
gratas de oír, y que me causan viva sorpresa. ¿Es que quieres convencerme mediante
frases engañosas, como sucedió a Eva, nuestra primera madre, a quien el demonio,
conversando con ella, persuadió por discursos dulces y agradables, y que fue en
seguida entregada a la muerte? El ángel dijo: ¡Oh Santa Virgen María, cuántas veces
me he dirigido a ti, y te he dicho la exacta verdad! Y no crees en las órdenes y en el
mensaje que te expresa mi boca, ni aun hallándome en tu presencia. De nuevo me
dirijo a ti en nombre de Dios, para que tu alma no se espante ante mi vista, ni tu
espíritu dude del que me ha enviado. Y no apartes de tu corazón las palabras que de mí
ya has oído. No he venido a hablarte por artificio engañoso de ninguna especie, ni por
trampa, ni por astucia, sino para preparar en ti el templo y la habitación del Verbo.
María dijo: Ante la insistencia de tus discursos, siento sobrecogido mi ánimo, y me
preocupa saber qué respuesta he de dar a lo que dices. Y, si no llego a convencerme a
mí propia, ¿a quién podré descubrir mi situación, y persuadirlo de que no miento?
7. Y el ángel exclamó: ¡Oh Santa Virgen sin mancilla, no te ocupes de aprensiones
vanas! María dijo: No dudo de tus palabras, ni tengo lo que dices por increíble, antes
bien, soy dichosa, y me regocijan vivamente tus discursos. Pero mi alma se estremece
y tiembla ante el pensamiento de que llevaré a Dios en mi carne, pada darlo a luz como
a un hombre, y que mi virginidad continuará inviolable. ¡Oh prodigio! ¡Y qué
maravilloso es el hecho de que me hablas! El ángel dijo: Una y otra vez he repetido mi
largo discurso, dándote de él mi verídico testimonio, y no me has creído. Y María
repuso: Te ruego, oh servidor del Altísimo, que no te enoje mi insistencia en
preguntarte. Porque tú conoces la naturaleza humana y su incredulidad en toda
materia. He aquí por qué yo quiero informarme fidedignamente, para saber al justo lo
que ha de ocurrirme. No quedes, pues, descontento de las frases que he pronunciado.
El ángel dijo: Llevas razón, pero ten fe en mí, que he sido enviado por Dios, para
hablarte, y para anunciarte la buena nueva.
8. Y María respondió: Sí, creo en tus discursos, sé que es verdad lo que hablas, y
acepto tus órdenes. Pero escucha lo que voy a decirte. Hasta el presente, he sido
guardada en la santidad y en la justicia, ante los sacerdotes y ante todo el pueblo,
después de haber sido legítimamente prometida a José, para ser su esposa. Y él se ha
eñcargado de recogerme en su casa, para velar cuidadosamente por mí, hasta el
momento que recibamos la corona de bendición, con las otras vírgenes y los otros
celibatarios. Y, si vuelve, y me encuentra encinta, ¿qué respuesta le daré? Y, si me
pregunta cuál es la causa de mi embarazo, ¿qué contestará a su interrogación? El ángel
dijo: ¡Oh bienaventurada María, escucha bien mi palabra, y guarda en tu espíritu lo
que voy a decirte! Esto no es obra del hombre, y el fenómeno de que te hablo no
provendrá de nadie, y el mismo Señor lo realizará en ti, y él posee el poder de
sustraerte a todas las angustias de la prueba. María dijo: Si la cosa es tal como la
explicas, y el mismo Señor se digna descender hasta su esclava y su sierva, hágase en
mí según tu palabra. Y el ángel la abandonó.
9. No bien la Virgen hubo pronunciado aquella frase de humillación, el Verbo divino
penetró en ella por su oreja. Y la naturaleza íntima de su cuerpo animado fue
santificada, con todos sus sentidos y con los doce miembros u órganos de sus sentidos,
y quedó purificada como el oro en el fuego. Y se convirtió en un templo santo e
inmaculado, y en la mansión del Verbo divino. Y, en el mismo momento, comenzó el
embarazo. Porque, cuando el ángel llevó la buena nueva a María, era el 15 de nisan, lo
que hace el 6 de abril, un miércoles, a la hora tercera del día.
10. Y, al mismo tiempo, un ángel se apresuró a ir al país de los persas, para prevenir a
los reyes magos, y para ordenarles que fuesen a adorar al niño recién nacido. Y ellos,
después de haber sido guiados por una estrella durante nueve meses, llegaron a su
destino en el punto y hora en que la Virgen acababa de ser madre. Porque, en aquella
época, el reino de los persas dominaba, por su poder y por sus victorias, sobre todos
los reyes que existían en los países de Oriente. Y los reyes de los magos eran tres
hermanos: el primero, Melkon, que imperaba sobre los persas; el segundo, Baltasar,
que prevalecía sobre los indios; y el tercero, Gaspar, que poseía el país de los árabes.
Habiéndose reunido por obediencia al mandato de Dios, se presentaron en Judea en el
instante en que María había dado a luz. Y, habiendo apresurado su marcha, se
encontraron allí en el tiempo preciso del nacimiento de Jesús.
11. Y, luego que la Virgen recibió el mensaje de su lmpregnación por el Espíritu Santo,
vio a los coros angélicos, que cantaban en loor suyo. Y, al verlos, se sintió llena de
pánico a una que de gozo. Y, con la faz postrada contra la tierra, se puso a alabar a
Dios en hebreo, exclamando: ¡ Oh Señor de mi espíritu y de mi cuerpo, tú tienes el
poder de cumplir todas las voluntades de tu amor creador, y tú decides libremente de
toda cosa conforme a tu albedrío! Dígnate condescender con las plegarias de tu esclava
y de tu sierva. Atiéndeme y libra mí alma, por cuanto eres el Dios mi Salvador, y tu
nombre, Señor, ha sido invocado sobre mí cotidianamente. Y, hasta este día, me he
guardado en la santidad, en la justicia y en la pureza, ordenada por ti, y he conservado
mi virginidad firme e intacta, sin ningún deseo de carnales mancillas. Y, ahora, hágase
tu voluntad.
12. Y, habiendo hablado así, María se levantó, y dio gracias al Altísimo. Después de lo
cual, pasó una hora. Y, como la Virgen reflexionase, comenzó a llorar, y dijo: ¿Qué
prodigio nuevo, y que no se había visto en el nacimiento de ningún hombre, es el que
se realiza en mí? ¿No me convertiré en la fábula y en el ludibrio de todos, hombres y
mujeres? Heme aquí, pues, en la mayor perplejidad. No sé qué hacer, ni qué respuesta
dar a quienquiera se informe de mí. ¿A quién me dirigiré, y cómo justificaré todo esto?
¿Por qué mi madre me ha parido? ¿Por qué mis progenitores me han consagrado a
Dios, en la tristeza de su alma, para convertirme en objeto de reproche para mí misma
y para ellos? ¿Por qué me han obligado a guardar virginidad en el templo santo? ¿Por
qué no he recibido más pronto la sentencia de muerte, que me sacará de este mundo?
Y, puesto que permanezco con vida, ¿por qué mis padres no me han dado en
matrimonio, sin decir nada, como a las demás hijas de los hebreos? ¿Quién ha visto ni
oído nunca cosa semejante? ¿Quién creerá que dé a luz una mujer que no ha conocido
varón? ¿A quién, ni en público, ni en secreto, contaré sin reticencia lo que ocurre?
¿Podré persuadir, a fuerza de palabras, ni a casadas, ni a solteras? Si les revelo
exactamente lo insólito de mi caso, creerán que me mofo, y, si hablo bajo la fe del
juramento, juzgarán que soy perjura. Decir falsedades, me es imposible, y condenarme
a mí misma, siendo inocente, es bien duro. Si se me exige un testigo, nadie podrá
justificarme. Y, si repito por segunda vez mi declaración, diciendo la verdad, se me
condenará a muerte con desprecio. Todos los que oigan mi declaración, prójimos o
extraños, dirán: Quiere engañar, con vanos subterfugios, a los insensatos y a los
irreflexivos. No sé qué hacer, ni quién me sugerirá una respuesta que dar a todos, con
respecto a este asunto; ni cómo diré esto a mi marido, cuyo nombre he recibido por el
matrimonio; ni cómo me atrever a tomar la palabra ante los sacerdotes y el pueblo; ni
cómo soportará ser entregada, delante de todo el mundo, al apa rato de la justicia
humana. Si declaro a las casadas que soy virgen, y que he concebido sin la operación
de un horn bre, tomarán mis palabras por una burla, y no me creerán. ¿Cómo podré yo
darme cuenta a mf misma de lo que me ha sucedido? Todo aquello de lo que tengo
conciencia, es que mi virginidad está a salvo, y que mi embarazo es cierto. Porque el
ángel del Señor me ha dicho la verdad, sin mentira alguna. No me ha engaño con
vanas habilidades, sino que ha transmitido, exacta y sinceramente, las palabras
pronunciadas por el Espíritu Santo. ¿Qué hacer, pues, ahora que me he convértido en
objeto de censura y de reprobación entre los hijos de Israel? ¡Oh palabra asombrosa! ¡
Oh obra sorprendente! Oh prodigio terrible y desconcertante! Nadie creerá que yo no
haya conocido varón, y que mi embarazo es un ejemplo. Y, si digo seriamente a
alguien: Cree que estoy encinta, y que, sin embargo, permanezco virgen, me
contestará: Sea. Yo creo que hablas exacta y sinceramente. Pero explicame cómo una
virgen puede llegar a ser madre, sin que un hombre haya destruido su virginidad. Y,
con estas pocas palabras, me pondrán en ridículo. Bien sé que muchos hablarán
perversamente de mí, y que me condenarán a la ligera, a pesar de mi inocencia. Sin
embargo, el Señor me salvará de las murmuraciones y de los ultrajes de los hombres.
13. Habiendo dicho estas cosas, María dejó de hablar entre sí. Y, levantándose, abrió la
puerta de la casa, para ver si había por allí alguien que prestase oídos a las palabras
que pronunciara anteriormente. Como no percibiese ningún ser humano, volvió al
interior de la casa, y, tomando la escarlata y la púrpura que había recibido de manos de
los sacerdotes, para hacer un velo del templo, se puso a hilarlas. Cuando terminó su
obra, fue a llevarla al Gran Sacerdote. Y éste, tomándola de las manos de la Virgen
Santa, le dijo: María, hija mía, bendita eres entre todas las mujeres, y bendito es tu
seno virginal. El Señor magnificará tu santo nombre por toda la tierra. Tendrás
preeminencia sobre todas las mujeres, y llegarás a ser la madre de las vírgenes. De ti
vendrá al mundo su salvación. Así habló Zacarías. María se prosternó ante los
sacerdotes y ante todo el pueblo, y, sumamente gozosa, regresó a su casa.
14. Y, cuando tuvo lugar la anunciación del ángel a María, el embarazo de Isabel
duraba ya desde su comienzo el 20 de tesrín, lo que hace el 9 de octubre, y de esta
fecha al 15 de nisan, es decir, al 6 de abril, habían transcurrido ciento ochenta días, lo
que hace seis meses. Entonces comenzó la encarnación del Cristo, por la cual tomó
carne en la Virgen Santa. Y un día, ésta, reflexionando, se dijo: Iré a ver a mi prima
Isabel, le contaré todo lo ocurrido, y cuanto ella me diga, otro tanto haré. Y envió a
José, a Bethlehem, un mensaje concebido en estos términos: Te ruego que me dejes ir
a ver a Isabel, mi prima. Y José le permitió ir, y ella salió a escondidas a punto de
amanecer y, dirigiéndose hacia las montañas de Judea, llegó a la villa de Judá. Y entró
en la morada de Zacarías, y saludó a su parienta.
15. Y, cuando Isabel oyó la vez de María, su hijo saltó en su vientre. E Isabel, llena del
Espíritu Santo, elevó la voz, y exclamó: Bendita eres entre todas las mujeres, y bendito
es el fruto de tus entrañas. ¿De dónde que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, al
llegar a mi oído tus palabras de saludo, mi hijo saltó en mi vientre. María, que tal oyó,
levantó hacia el cielo sus ojos preñados de lágrimas, y dijo: Señor, ¿qué tengo yo, que
todas las naciones me proclaman bienaventurada? ¿Por qué he sido puesta en
evidencia entre todas las mujeres e hijas de los hebreos, y por qué mi nombre se hace
célebre y famoso en todas las tribus de Israel? Y es que María había olvidado lo que el
ángel le comunícara precedentemente.
16. Y María permaneció mucho tiempo en casa de Isabel, y, confidencialmente, le
relató por orden todo lo que había visto y oído del ángel. Vivamente sorprendida,
Isabel repuso: Hija mía, lo que me refieres, es una obra maravillosa de Dios. Pero
atiende a lo que voy a decirte. No te espantes de lo que te ocurra, y no seas incrédula.
Pensamientos, actos, palabras, todo, en esto, sobrepuja absolutamente al espíritu
humano. Veme a mí, que estoy avanzada en edad y ya próxima a la muerte, y que, sin
embargo, me hallo encinta, a pesar de mi vejez y de mis cabellos blancos, porque nada
hay imposible para Dios. Cuanto a ti, ve silenciosamente a encerrarte en tu casa. No
participes a nadie lo que has visto y oído. No lo cuentes a ninguno de los hijos de
Israel, no sea que, llamados a engaño, te pongan en irrisión, ni tampoco a tu marido,
no sea que lo hieras en el corazón, y te repudie. Espera que la voluntad del Señor se
cumpla, y Él te manifestará lo que tiene intención de hacer.
17. Y María dijo: Obraré de acuerdo con tus recomendaciones. E Isabel añadió:
Escucha y guarda el consejo que te doy. Vuelve en paz a tu casa, y permanece
discretamente en ella, sin ir y venir de aquí para allí. Ocúltate al mundo, a fin de que
nadie sepa nada. Haz todo lo que tu marido te ordene. Y, en tus apuros, el Señor sabrá
prepararte una salida. No temas, y regocíjate. Así habló Isabel. María se prosterné ante
ella, y volvió a su casa con júbilo. Y allí continuó muchos días. Y el niño se
desarrollaba, de día en día, en su seno. Y, temiendo al mundo, permanecía
perpetuamente escondida, a fin de que persona alguna se enterase de su estado.

Aflicción de José.
Las sospechas que tuvo, y el juicio que formó de la muy Santa Virgen

VI 1. Cuando María alcanzó el quinto mes de su embarazo, José marchó de
Bethlehem, su pueblo natal, después de haber construido una casa, y regresó a la suya
de Nazareth, para continuar sus trabajos de carpintería. María fue a su encuentro, y se
prosterné ante él. Y José le preguntó: ¿Cómo te va? ¿Estás contenta? ¿Te ha ocurrido
algo? Y María repuso: Me va bien. Y, después de haber preparado la mesa, comieron
ambos en buena paz y compañía. Y José habiéndose tendido sobre un camastro, quiso
reposar un poco. Mas, al dirigir su mirada a María, vio que su semblante alterado
pasaba por todos los colores. Y ella intentó ocultar su confusión, sin conseguirlo.
2. José la miró con tristeza, e incorporándose de donde estaba recostado, le dijo: Me
parece, hija mía, que no tienes tu acostumbrada gracia infantil, porque te hallo un tanto
cambiada. Y María contestó: ¿Qué quieres decirme, con esa observación y con ese
examen? Y José advirtió: Me admiran tus palabras y tus pretextos. ¿Por qué estás
desmañada, deprimida, triste y con los rasgos de tu fisonomía alterados? ¿Te ha
hablado alguien? Ello me descontentaría. ¿Te ha sobrevenido alguna enfermedad o
dolencia? ¿O bien has pasado por alguna prueba, o sufrido las intrigas de los hombres?
María respondió: No hay nada de eso. Y José dijo: Entonces, ¿por qué no me
respondes francamente? María dijo: ¿Qué quieres que te responda? Y José dijo: No
creeré en tus palabras antes de haber visto. Ponte francamente en evidencia ante mí,
para que yo me cerciore de que hablas verdad. Y María, interiormente turbada, no
sabía qué hacer. Mas José, envolviendo a María a una ojeada atenta, vio que estaba
encinta. Y, dando un gran grito, exclamó: ¡Ah, qué criminal acción has cometido,
desgraciada!
3. Y José, cayendo de su asiento y puesta su faz contra la tierra, se golpeó la frente con
la mano, se mesó la barba y los cabellos blancos de su cabeza, y arrastró su cara por el
polvo, clamando: ¡Malhaya yo! ¡Maldición sobre mi triste vejez! ¿Qué ha ocurrido
aquí? ¿Qué desastre ha recaído sobre mi casa? ¿Con qué rostro mirará, en adelante, el
rostro de los hombres? ¿Qué responderá a los sacerdotes y a todo el pueblo de Israel?
¿Cómo logrará detener una persecución judicial? ¿Y con qué artificio conseguiré
apaciguar la opinión pública? ¿Qué haré en esta coyuntura, y cómo paliará el hecho de
haber recibido del templo a esta virgen, santa y sin tacha, y no haber sabido
mantenerla en la observancia de la ley, según la tradición de mis padres? Si se me hace
la intimación de por qué he dejado desflorar la pureza inmaculada de mi pupila, ¿qué
respuesta daré a los sacerdotes y a todo el pueblo? ¿Cuál es el enemigo que me ha
tendido este lazo? ¿Qué bandido me ha arrebatado la virginidad de esta niña? ¿Quién
ha perpetrado tamaño delito en mi casa, y hecho de mí un objeto de burla y de oprobio
entre los hijos de Israel? ¿Va a recaer sobre mí la falta del que, por la perfidia de la
serpiente, perdió su estado dichoso?
4. Y, hablando así, José se golpeaba el pecho, con gemidos entreverados de lágrimas.
Después, hizo comparecer de nuevo a María, y le dijo: ¡Oh alma digna de llanto
perpetuo, que te has hundido en el extravío más monstruoso, dime qué acción
prohibida has realizado! Porque has olvidado al Señor tu Dios, que te ha formad en el
seno de tu madre, tú, a quién tus padres te obtuvieron del Altísimo, a fuerza de sufrir y
de llorar, y que te ofrecieron a Él religiosamente y según la ley; que fuiste sustentada y
educada en el tempo; que oíste continuamente las alabanzas al Eterno y el canto de los
ángeles que prestaste oído atento a la lectura de los sagrados li bros, y escuchaste sus
palabras con unción y con respeto Y, a la muerte de sus padres, permaneciste en tutela
en el templo, hasta el momento en que quedaste corregida de toda inclinación
pecaminosa. Instruida y versada en las leyes divinas, recibiste, con gran honra, la
bendición de los sacerdotes. Y, luego que se te me confió, por mandato del Señor y
con beneplácito de los sacerdotes y de todo el pueblo, te acepté piadosamente, y te
establecí en mi casa, proveyendo a todas tus necesidades materiales, y
recomendándote que fueses prudente, y que velases por ti misma hasta mi regreso.
¿Qué es, pues, lo que has hecho, di? ¿Por qué no respondes palabra, y te niegas a
defenderte? ¿Por qué, desventurada e infortunada, te has hundido en tal desorden, y
convertido en objeto de vergüenza universal, entre los hombres, las mujeres y todo el
género humano?
5. Y María, bajando la cabeza, lloraba y sollozaba. Al cabo, dijo: No me juzgues a la
ligera, y no sospeches injuriosamente de mi virginidad, porque pura estoy de todo
pecado, y no conozco en absoluto varón. José dijo: En tal caso, explícame de qué tu
embarazo proviene. María dijo: Por la vida del Señor, que no sé lo que exiges de mí.
José dijo: No te hablo con violencia y con cólera, sino que quiero interrogarte
amistosamente. Indícame qué hombre se ha introducido o lo han introducido cerca de
ti, o a qué casa has ido imprudentemente. María dijo: No he ido jamás a parte alguna,
ni he salido de esta casa. José dijo: ¡He aquí algo prodigioso! Tú no sabes nada, y yo
veo con certidumbre que estás encinta. ¿Quién ha oído nunca que una mujer pueda
concebir y parir sin la intervención de un hombre? No creo en semejantes discursos.
María dijo: ¿Cómo, entonces, podré satisfacerte? Puesto que me interrogas con toda
sinceridad sobre el asunto, yo atestiguo, por mi parte, que pura estoy de todo pecado, y
que no conozco en absoluto varón. Y, si me juzgas temerariamente, habrás de
responder ante Dios de mí.
6. Al oír estas palabras, José quedó sorprendido, y concibió un vivo temor. Y,
poniéndose a reflexionar, dijo: ¡Cosa espantable y maravillosa! No comprendo nada
del curso de estos acontecimientos, tan extraños de suyo, y tan fuera de toda
concepción, de todo lo que hemos escuchado con nuestros propios oídos, de todo lo
que hemos aprendido de nuestros antepasados. El estupor constriñe mi espíritu. ¿A
quién me dirigiré? ¿A quién consultaré sobre este negocio? Porque vacilo ante el
pensamiento de que el hecho, secreto todavía, sea divulgado y contado por doquiera, y
que los que lo sepan, se mofen de nosotros. María dijo: ¿Hasta cuándo te sentirás
arrebatado contra mí, y me condenarás en desconsiderados términos? ¿No acabarás de
abrumarme con tus ultrajes? José dijo: Es que no puedo resistir la aflicción y la tristeza
que se han abatido sobre mi corazón. ¿Qué haré de ti, y qué respuesta daré a quien
acerca de ti me pregunte? Y temo que, si el hecho se muestra ostentoso, y es llevado y
traído con escándalo por la vía pública, mis canas queden deshonradas entre los hijos
de Israel.
7. Y José prorrumpió en amargo lloro, exclamando: Triste e infeliz viejo, ¿por qué
aceptaste tu papel de guardián? ¿Por qué obedeciste a los sacerdotes y a todo el
pueblo, para, en su ancianidad y a punto de morir, ver deshonradas tus canas? Y, como
no sabía qué partido tomar, se puso a reflexionar, y se dijo: ¿Qué haré de esta niña?
Porque no sabré lo que con ella ocurre, mientras el Señor no manifieste los
acaecimientos que se preparan, y yo, en todo ello, no he obrado por voluntad propia.
Pero sé con certeza que, si la prueba a que se me someta procede de Dios, será para
bien mío, y que si, por lo contrario, mi pena es obra del enemigo malo, el Señor me
librará de él. Con todo, ignoro cómo he de proceder. Si condeno a María, esto será, de
mi parte, una gran falta, y si hablo mal de ella, será justamente castigada por Dios. La
tomaré, pues, secretamente esta noche. la sacará de casa, y la dejaré ir en paz adonde
quiera.
8. Entonces, llamó a María, y le dijo: Todo lo que me has expuesto, verdadero o falso,
lo he escuchado , lo he creído. No te haré ningún mal, pero esta noche te sacará de
casa y te despediré, para que vayas adonde quieras. María, que tal oyó, se deshizo en
lágrimas. José salió tristemente de su casa, se fue de allí sin rumbc fijo, y, habiéndose
sentado, lloraba y se golpeaba el pecho.
9. Y María, prosternando la faz contra el suelo, habló en esta guisa: ¡Dios de mis
padres, Dios de Israel mira, en tu misericordia, los tormentos de tu siervo y la
desolación de mi alma! No me entregues, Señor, a la vergüenza y a las calumnias del
vulgo. Puesto que sabes que el corazón de los hombres es incrédulo, manifiesta tu
nombre ante todos, a fin de que confiesen que tú solo eres el Señor Dios, y que tu
nombre ha sido pronunciad sobre nosotros por ti mismo. Y, esto dicho, María derramó
copiosas lágrimas ante el Señor. Y, en el mismo instante, un ángel le dirigió la palabra,
diciendo: No temas porque he aquí que yo estoy contigo para salvarte di todas tus
tribulaciones. Sé valerosa, y regocíjate. Y, habiendo hablado así, el ángel la abandonó.
Y María, levantándose, dio gracias al Señor.
10. A la caída de la tarde, José volvió en silencio su casa. Y sentándose, y poniendo los
ojos en María, la vio muy alegre y con los rasgos de su rostro dilatados Y José le dijo:
Hija mía, por hallarte a punto de separarte de mí, e ir adonde quieras, me parece
hallarte excesivamente regocijada y con el semblante demasiado se reno y jubiloso. Y
María repuso: No es eso, sino qui doy gracias a Dios en todo tiempo, porque posee el
poder de realizar cuanto se le pide, y porque el Señor mismo, que escruta las
conciencias y las almas, tiene la voluntad y el designio de manifestar, ante todos y ante
cada uno en particular, las acciones de los hombres.
11. Y, dichas estas palabras, María calló. Y José continuó presa de la tristeza desde el
anochecido hasta la madrugada, y no comió, ni bebió. Y, como se hubiese dormido, el
ángel del Señor se mostró a él en una visión nocturna, y le dijo: José, hijo de David, no
temas conservar bajo tutela a María tu esposa, porque lo que ella ha concebido del
Espíritu Santo es. Y traerá al mundo un hijo, y llamarás su nombre Jesús. Y José
despertó, y, levantándose, se puso en oración, y habló de esta suerte: Dios de mis
padres, Dios de Israel, te doy gracias, Señor, y glorifico tu nombre santo, oh tú, que
has atendido a la voz de mis súplicas, y que no me has abandonado en el tiempo de mi
vejez, antes al contrario, me has hecho esperar consuelo y salud, has disipado de mi
corazón el duelo y la pena, y has guardado a la Santa Virgen pura de toda mancilla
terrestre, para que, desde esta noche, parezca a mis ojos radiante como la luz. Y,
después de así expresarse, José se sintió lleno de regocijo, y alabó al Creador del
universo.

De cómo María demostró su virginidad y la castidad de José.
Se los somete a ambos a la prueba del agua

VII 1. Cuando el primer resplandor del alba iluminó las tinieblas, José volvió a
despertarse, llamó a María, se inclinó ante ella, y le pidió perdón, diciendo: Has sido
sincera, querida esposa, y con razón se te llama Sublime. Yo he pecado contra el Señor
mi Dios, porque frecuentemente he sospechado de tu virginidad sagrada, y no he
comprendido antes lo que encerraban las palabras que me decías. Y, en tanto que José,
abandonándose a sus reflexiones, hablaba de ese modo, y se absorbía en sus
pensamientos, he aquí que sobrevino un escriba llamado Anás, varón piadoso y fiel,
adherido al servicio del templo del Señor. Cuando entró en la casa, José se adelantó a
recibirlo, se abrazaron ambos, y tomaron asiento. Y el escriba Anás preguntó: ¿Has
vuelto felizmente de tu viaje, padre venerado? ¿Cómo te ha ido en tu marcha y en tu
regreso? Y José repuso: Muy dichoso soy al verte aquí, escriba y servidor de Dios. Y
el escriba dijo: ¿Cuándo has llegado, hombre venerable, viejo agradable al Señor? José
dijo: Llegué ayer, pero estaba fatigado en extremo, y no pude asistir a la ceremonia de
la plegaria. El escriba dijo: Los sacerdotes y todo el pueblo esperaron algún tiempo tu
llegada, porque bien sabes cuán considerado eres entre los hijos de Israel. José dijo:
Bendígalos Dios ahora y siempre.
2. Y, cruzadas estas palabras, se sentaron a la mesa, comieron, bebieron, se
regocijaron, y alabaron a Dios. Pero, en aquel momento, el escriba Anás detuvo sus
ojos en la Virgen María, y vio que estaba encinta. Se calló, sin embargo, y fue en
busca de los sacerdotes, a quienes dijo: Este José, que suponéis es el tipo del perfecto
justo, ha cometido una grave iniquidad. Los sacerdotes dijeron: ¿Qué obra inicua has
observado en él? El escriba dijo: La Virgen María, que sacó del templo y a quien le
habíais ordenado que santamente guardase, está violada hoy día, sin haber recibido
regularmente la corona de bendición. Los sacerdotes dijeron: José no ha hecho eso, por
que es un varón muy cabal e incapaz de faltar a su promesa, y de conculcar las reglas
de la justicia. El escriba opuso: Yo lo he visto con mis propios ojos. ¿Por qué no creéis
lo que os digo? Y el Gran Sacerdote repuso: No levantes falso testimonio, porque se te
imputará comc un pecado. Y el escriba replicó: Si mi testimonio es falso, declararé
ante Dios y ante todo el pueblo que soy digno de muerte. Y, si no das crédito a mi
palabra, ordena a alguien que vaya a mirar atentamente a la Virgen María, y quedarás
informado a placer y satisfacción.
3. Entonces Zacarías, el Gran Sacerdote, mandó unos conserjes del templo del Señor,
que citasen a Jose delante de todo el pueblo. Y, cuando los conserjes llega ron a la casa
encontraron que la Virgen María estaba encinta, y volvieron al templo, testificando
que el escriba Anás llevaba razón. Y los príncipes de los sacerdotes enviaron a buscar
a José y a María, para que compareciesen ante su tribunal. Y, cuando llegaron, en
medio de una gran afluencia del pueblo, el Gran Sacerdote preguntó a María: ¿Qué
acción ilegítima has llevado a cabo, hija mía, tú, que has sido educada en el Santo de
los Santos, y que, por tres veces has oído los cantos de los ángeles? ¿Cómo es posible
que hayas perdido tu virginidad, y olvidado al Señor tu Dios? Y María bajó
silenciosamente la cabeza, se prosternó humildemente ante los sacerdotes y ante todo
el pueblo, y respondió llorando: Juro por Dios vivo y por la santidad de su nombre,
que permanezco pura, y que no he conocido varón. Y Zacarías la interrogó
proféticamente: ¿Serás la madre del Mesías? Pero ¿cómo creer en tus palabras?
Auguras no haber conocido varón, y, sin embargo, estás encinta. ¿De dónde, pues,
procede tu embarazo? María dijo: Lo ignoro.
4. Entonces Zacarías ordenó que se le llevase a José, y, cuando lo tuvo delante, le
preguntó: ¿Qué has hecho, José? ¿Cómo has podido cometer, entre los hijos de Israel,
esa falta que te deshonrará entre numerosas tribus? Y José repuso: No sé lo que
quieres decir. Mas no me condenes a la ligera y sin testimonio, porque te harás
culpable de ello. El Gran Sacerdote dijo: No te condeno sin motivo y con inhibición de
tu inocencia, sino con razón. Devuélveme virgen a la santa y pura María, que has
recibido del templo. Donde no, reo eres de muerte. José concedió: No te lo niego, pero
juro por la vida del Señor Dios de Israel, que no sé nada de lo que me dices. El Gran
Sacerdote opuso: No mientas, y respóndeme con lealtad. ¿Te has arrogado el derecho
del matrimonio? ¿Has despreciado la ley del Señor, sin declararlo a los hijos de Israel,
ni doblar tu cabeza ante la poderosa mano de Dios, a fin de que tu descendencia sea
bendita, en la tierra entera? José respondió: Te.lo dije ya, y te lo repito ahora, en la
esperanza de que me creas. Tú mismo sabes perfectamente que jamás me he apartado
de los mandamientos de Dios, y que jamás he sido enemigo de nadie. Y el Señor
mismo podría atestiguar que nunca he conocido otra mujer que mi primera y legítima
esposa. Sois vosotros, sacerdotes y pueblo, quienes, ligándoos contra mí, me habéis
persuadido a mi pesar, a fuerza de instancias y de lisonjas, y yo, por respeto a vosotros
y a Dios, me sometí a vuestras órdenes, en lo tocante a la tutela de María. E hice todo
lo que convenía, conforme a lo que habíais imaginado imponerme, llevando a esta
doncella a mi casa, proveyendo a todas sus necesidades materiales, recomendándole
ser prudente, y conservarse en la santidad hasta mi regreso. Yo me puse en camino, y
me consagré en Bethlehem a los trabajos de mi profesión, hasta concluir lo que tenía
que hacer. Cuando ayer volví, todo el mundo pudo enterarse de las circunstancias de
mi llegada. Y, de la virgen, nada he visto, ni nada sé, sino que está encinta.
5. Cuando la multitud del pueblo oyó esto, exclamó: Este viejo es justo y leal. Y el
Gran Sacerdote expuso: Admito de buen grado lo que dices. Pero esta joven no era
más que una niña, huérfana de padre y madre. Tú, en cambio, eras viejo, y he aquí por
qué te hemos confiado la custodia de su virginidad, para que permaneciese intacta e
inmaculada, hasta el momento en que recibieseis ambos la corona de bendición. Y
José dijo: Sin duda, pero yo no tenía idea alguna de lo que iba a suceder. Por lo demás,
el Señor manifestará, de la manera que quiera, la injusticia de que he sido víctima. Y,
esto hablado, José se encerró en el silencio.
6. El Gran Sacerdote dijo: Beberéis el agua de prueba, y el Señor revelará vuestro
delito, si sois culpables. Entonces Zacarías, tomando el agua de prueba, llamó a José a
su presencia y le dijo: ¡Oh hombre, piensa en tu ancianidad canosa! Contempla este
veneno de vida y de muerte, y no te lances con voluntaria e insensata temeridad a la
perdición. Y José dijo: Por la vida del Señor y por la santidad de su nombre, juro no
tener conciencia de falta alguna. Pero, si el Señor quiere condenarme, a pesar de mi
inocencia, cúmplase su voluntad. Y el Gran Sacerdote dio a beber el agua a José, y
luego le ordenó que fuese y volviese rápidamente. Y José fue y volvió corriendo, y
bajó indemne, sin deshonra, y sin que su persona hubiese sufrido ningún daño. Y,
cuando vieron que no había sido atacado por la muerte, todos se llenaron de un vivo
temor.
7. En seguida, el Gran Sacerdote mandó que se llamase a María a su presencia. Cuando
hubo llegado, Zacarías, tomando el agua de la prueba, dijo: Hija mía, considera tu
corta edad, y acuérdate del tiempo pasado, en que has sido sustentada y educada en el
templo. Ten piedad de ti misma, y, si eres inocente, sálvate de la muerte, y no te
advendrá ningún mal. Pero, si quieres tentar con engaño al Dios vivo, Él te confundirá
públicamente, y tu fin será desastroso. María repuso llorando: Mi conciencia no me
acusa de ninguna culpa, y mi virginidad permanece santa, inviolada y sin la menor
mancilla. Si el Señor me condena, a pesar de mi inocencia, cúmplase su voluntad.
8. Y el Gran Sacerdote dio a beber el agua a María y luego le ordenó que fuese y
volviese rápidamente. Ella partió, se alejó, descendió (de la montaña) y regresó intacta
y sin mácula alguna. Viendo lo cual la multitud, poseída de admiración, quedó
estupefacta, y dijo: Bendito sea el señor Dios de Israel, que hace justicia a los que son
puros e inocentes. Porque han salido indemnes de la prueba, y en ellos no ha aparecido
ninguna obra culpable. Entonces el Gran Sacerdote hizo que compareciesen ante él
José y María, y les dijo: Bien se os alcanza que era preciso responder de vosotros ante
Dios. Lo que la ley nos ordena hacer, lo hemos hecho. El Señor no ha manifestado
vuestro pecado, y yo tampoco os condeno. Id en paz.
9. Y, después de haberse prosternado ante los sacerdotes y ante todo el pueblo, José y
María volvieron a su casa y allí discretamente se ocultaron, sin mostrarse a nadie. Y en
su casa permanecieron hasta el término del embarazo de María. Y, cuando ésta sintió
que se aproximaban los dolores del parto, José tuvo miedo, y se dijo: ¿Qué haré con
ella, de modo que persona alguna sepa, para confusión nuestra, lo que va a ocurrir? Y
advirtió a su esposa: No conviene que quedemos en esta licalidad. Vamos a un país
lejano, donde nadie nos conozca. Porque, si permanecemos aquí, los que se enteren de
que has sido madre, lanzarán sobre nosotros el ridículo y el escarnio. Y María dijo:
Haz lo que gustes.

Evangelio de Santo Tomas Paginas 21 al 40  /   Evangelio de Santo Tomas Paginas 61 al 91

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