Evangelio de Santo Tomas paginas 61 al 91

Evangelio de Santo Tomas paginas 61 al 91
Evangelio de Santo Tomas paginas 61 al 91

Evangelio de Santo Tomas paginas 61 al 91: Del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo en la caverna
VIII 1. En aquellos días, llegó un decreto de Augusto, que ordenaba hacer un
empadronamiento por toda la tierra, y entregar al emperador los impuestos debidos al
tesoro, teniendo cada cual que pagar anualmente un diezmo calculado sobre el estado
nominativo de las personas pertenecientes a su casa. En vista de ello, José resolvió
presentarse con María al censo, para ser inscritos en él ambos, así como las demás
personas de su familia. E inmediatamente enjaezó su montura, y preparó todo lo
preciso para su subsistencia corporal. Y, tomando consigo a su hijo menor José colocó
a María sobre el asno, y juntos partieron, siguiendo la ruta que se dirige hacia el Sur.
2. Y, cuando estuvieron a quince estadios de Nazareth, lo que hace nueve millas, José
miró a María, y vio que su semblante estaba alterado, sombrío y melancólico. Pensó
entre sí: Hállase en gestación, y, a causa de su embarazo, no puede sostenerse bien
sobre su cabalgadura. Y preguntó a María: ¿Por qué está triste y turbada tu alma? Y
María repuso: ¿Cómo podría estar alegre, encontrándome, como me encuentro,
encinta, y no sabiendo adónde voy? José dijo: Tienes razón, María. Pero bendito sea el
Señor Dios de Israel, que nos ha librado de la calumnia y de la denigración de los
hombres. Y María replicó: ¿No te dije tiempo ha, en la esperanza de que me creyeses,
que yo no era consciente de falta alguna, y que me juzgabas con ligereza temeraria, a
pesar de mi inocencia? Pero el Señor de todas las cosas es quien me ha librado de
mortales peligros.
3. Y, después de haber caminado una hora, José volvió a mirar a María, y vio con
júbilo que ésta se estremecía de regocijo. Y María lo interrogó: ¿Por qué me miras, y
por qué tu insistencia en preguntarme? José dijo: Es que me admiran los cambios de tu
rostro, tan pronto triste como alegre. María dijo: Me exalto gozosamente, porque Dios
me ha preservado de las emboscadas del enemigo. Mas quiero, para instrucción tuya,
revelarte una cosa nueva. José dijo: Veamos. María dijo: Me alegro y me entristezco,
porque contemplo dos ejércitos compuestos de numerosos batallones: uno a la derecha
y otro a la izquierda. Los soldados del que se encuentra a la derecha, se muestran
alegres, y los del que se encuentra a la izquierda, tristes.
4. Al oír esto, José quedó asombrado, y, sumiéndose en reflexión, se dijo: ¿Qué
significa tan extraña visión? Y, en el mismo momento, un ángel se dirigió a María, y le
dijo: Regocíjate, virgen y sierva del Señor. ¿Ves la señal que te ha aparecido? María
dijo: Sí. El ángel dijo: Hoy día, los dolores de tu liberación están próximos. Las tropas
que divisas a la derecha las componen todas las multitudes del ejército de los ángeles
incorporales, que observan y esperan tu parto santo, para ir a adorar al niño recién
nacido, hijo del rey divino y soberano de Israel. Las tropas que divisas a la izquierda
son los batallones reunidos de la legión de los demonios de negros vestidos, los cuales
aguardan el acontecimiento con gran turbación, porque van a ser derrotados. Y,
habiendo oído estas palabras del ángel, José y María quedaron confortados, y rindieron
vivas acciones de gracia a Dios.
5. Y así caminaban, en un frío día de invierno, el 21 del mes de tébéth, que es el 6 de
enero. Y, como llegaron a un pasaje desolado, que había sido otrora la ciudad real
llamada Bethlehem, a la hora sexta del día, que era un jueves, María dijo a José:
Bájame del asno, porque el niño me hace sufrir. Y José exclamó: ¡Ay, qué negra suerte
la mía! He aquí que mi esposa va a dar a luz, no en un sitio habitado, sino en un lugar
desierto e inculto, en que no hay ninguna posada. ¿Dónde iré, pues? ¿Dónde la
conduciré, para que repose? No hay aquí, ni casa, ni abrigo con techado, a cubierto del
cual pueda ocultar su desnudez.
6. Al cabo de mirar mucho, José encontró una caverna muy amplia, en que pastores y
boyeros, que habitaban y trabajaban en los contornos, se reunían, y encerraban por la
noche sus rebaños y sus ganados. Allí habían hecho un pesebre para el establo en que
daban de comer a sus animales. Mas, en aquel tiempo, por ser de invierno crudo, los
pastores y los boyeros no se encontraban en la caverna.
7. José condujo a ella a María. La introdujo en el interior, y colocó cerca de la Virgen a
su hijo José, en el umbral de la entrada. Y él salió, para ir en busca de una partera.
8. Y, mientras caminaba, vio que la tierra se había elevado, y que el cielo había
descendido, y alzó las manos, como para tocar el punto en que se habían reunido tierra
y cielo. Y observó, en torno suyo, que los elementos aparecían entorpecidos y como en
estado bruto. Los vientos, inmóviles, habían suspendido su curso, y los pájaros habían
detenido su vuelo. Y, mirando al suelo, divisó un jarro nuevo, cerca del cual, un
alfarero amasaba arcilla, haciendo ademán de juntar sus dos manos, que no se
juntaban. Todos los demás seres tenían los ojos puestos en lo alto. Contempló también
rebaños, que un pastor conducía, pero que no marchaban. El pastor blandía su cayado,
mas no podía pegar a los carneros, sino que su mano permanecía tensa y elevada hacia
arriba. Por un barranco irrumpía un torrente, y unos camellos que pasaban por allí,
tenían puestos sus labios en el borde del barranco, peros no comían. Así, en la hora del
parto de la Virgen Santa, todas las cosas permanecían como fijadas en su actitud.
9. Mirando más lejos, José vio a una mujer, que venía de la montaña, y cuyos hombros
cubría una larga túnica. Y fue a su encuentro, y se saludaron. Y José preguntó: ¿De
dónde vienes, y adóndo vas, mujer? Y ella repuso: ¿Y qué buscas tú, que me
interrogas así? José dijo: Busco una partera hebraica. La mujer dijo: ¿Quién es la que
ha parido en la caverna? José dijo: Es María, que ha sido educada en el templo, y que
los sacerdotes y todo el pueble me concedieron en matrimonio. Mas no es mi mujer
según la carne, porque ha concebido del Espíritu Santo. La mujer dijo: Está bien, pero
indícame dónde se halla. José dijo: Ven y ve.
10. Y, mientras caminaban, José preguntó a la mujer: Te agradeceré me des tu nombre.
Y la mujer repuso: ¿Por qué quieres saber mi nombre? Yo soy Eva, la primera madre
de todos los nacidos, y he venido a ver con mis propios ojos mi redención, que acaba
de realizarse. Y, al oír esto, José se asombró de los prodigios de que venía siendo
testigo, y que no se daban vagar unos a otros.
11. Habiendo llegado a la caverna, se detuvieron a cierta distancia de la entrada. Y, de
súbito, vieron que la bóveda de los cielos se abría, y que un vivo resplandor se
esparcía de alto a abajo. Una columna de vapor ardiente se erguía sobre la caverna, y
una nube luminosa la cubría. Y se dejaba oir el coro de los seres incorporales, ángeles
sublimes y espíritus celestes que, entonando sus cánticos, hacían resonar
incesantemente sus voces, y glorificaban al Altísimo.

De cómo Eva, nuestra primera madre, y José llegaron a la caverna con premura, y
vieron el parto de la muy Santa Virgen María

IX 1. Y, cuando José y nuestra primera madre vieron aquello, se prosternaron con la
faz en el polvo, y, alabando a Dios en voz alta, lo glorificaban, y decían: Bendito seas,
Dios de nuestros padres, Dios de Israel, que, por tu advenimiento, has realizado la
redención del hombre; que me has restablecido de nuevo, y levantado de mi caída; y
que me has reintegrado en mi antigua dignidad. Ahora mi alma se siente engrandecida
y poseída de esperanza en Dios mi Salvador.
2. Y, después de haber hablado así, Eva, nuestra primera madre, vio una nube que
subía al cielo, desprendiéndose de la caverna. Y, por otro lado, aparecía una luz
centelleante, que estaba puesta sobre el pesebre del establo. Y el niño tomó el pecho de
su madre, y abrevó en él leche, después de lo cual volvió a su sitio, y se sentó. Ante
este espectáculo, José y nuestra primera madre Eva alabaron y glorificaron a Dios, y
admiraron, estupefactos, los prodigios que acababan de ocurrir. Y dijeron: ¿Quién ha
oído de boca de nadie una cosa semejante, ni visto con sus ojos nada de lo que
nosotros estamos viendo?
3. Y nuestra primera madre entró en la caverna, tomó al niño en sus brazos, y lo
acarició con ternura. Y bendecía a Dios, porque el niño tenía un semblante
resplandeciente, hermoso y de rasgos muy abiertos. Y, envolviéndolo en pañales, lo
depositó en el pesebre de los bueyes, y luego salió de la gruta. Y, de pronto, vio a una
mujer llamada Salomé, que procedía de la ciudad de Jerusalén. Y, yendo hacia ella, le
dijo: Te anuncio una feliz y buena nueva. En esta gruta, ha traído al mundo un hijo una
virgen que no ha conocido en absoluto varón.
4. Y Salomé repuso: Me consta que toda la ciudad de Jerusalén la ha condenado como
culpable y digna de muerte. Y, a causa de su vergüenza y de su deshonra, ha huido de
la ciudad, para venir aquí. Y yo, Salomé, he sabido, en Jerusalén, que esa virgen ha
dado a luz un hijo varón, y he venido, gozosa, para verlo. Nuestra primera madre Eva
dijo: Es cierto, y, sin embargo, su virginidad es santa, y permanece inmaculada.
Salomé preguntó: ¿Y cómo has podido enterarte de que continúa en estado virginal,
después del parto? Eva contestó: Cuando entré en esta gruta, vi una nube luminosa que
se cernía por encima de ella, y se oía, en las alturas, un rumor de palabras, con las que
el numeroso ejército de los coros espirituales de los ángeles bendecían al Altísimo, y
exaltaban su gloria. Y, hacia el cielo, se elevaba como una niebla brillante. Salomé le
dijo: Por la vida del Señor, que no creeré en tus palabras, antes de ver que una virgen
que no ha conocido varón ha traído un hijo al mundo, sin concurso masculino. Y,
penetrando en la caverna, nuestra primera madre dijo a María: Disponte, porque es
preciso, a que Salomé te ponga a prueba y corrobore tu virginidad.
5. Y, cuando Salomé entró en la caverna y, extendiendo la mano, quiso acercarla al
vientre de la Virgen, súbitamente una llama, que brotó de allí con intenso ardor, le
quemó la mano. Y, lanzando un grito agudo, exclamó: ¡Malhaya yo, miserable e
infortunada, a quien mis faltas han extraviado gravemente! ¿Quién ha producido en mí
este horror? Porque he pecado contra el Señor, he blasfemado de él, y he tentado al
Dios vivo. ¡He aquí que mi mano se ha convertido en un fuego ardiente!
6. Pero un ángel, que estaba cerca de Salomé, le dijo: Extiende tu mano hacia el niño,
aproxímala a él, y quedarás curada. Y, cayendo a los pies del niño, Salomé lo besó, y,
tomándole en sus brazos, lo acariciaba, y decía: ¡Oh recién nacido, hijo del Padre
grande y poderoso, niño Jesús, Mesías, rey de Israel, redentor, ungido del Señor, tú te
has manifestado en la ciudad de David! ¡Oh luz que te has levantado sobre la tierra, tú
nos has descubierto la redención del mundo!
7. Salomé añadió a estas palabras otras parecidas, y, en el mismo momento, su mano
quedó curada. Y, levantándose, adoró al niño. Entonces, el ángel le dirigió la palabra,
y le advirtió: Cuando vuelvas a Jerusalén, no digas a nadie la visión que te ha
aparecido, no sea que llegue a conocimiento del rey Herodes, antes que el niño Jesús
vaya al templo para la purificación, después de cuarenta días. Salomé repuso:
Obedeceré, Señor, conforme a tu voluntad. Y, de regreso en su casa, no comunicó a
nadie las palabras que el ángel le había dicho.

De los pastores que vieron la natividad del Señor

X 1. Y, cerca de aquel sitio, habitaban los pastores de que ya hemos hablado. Pero sus
rebaños de cabras y de ovejas no se recogían más que al caer la noche, en lugares
apartados y lejanos, donde pastaban en las montañas y en la llanura. Y, al oscurecer,
cada pastor reunía su rebañó, y velaba y guardaba sobre él las vigilias de la noche. Y
he aquí que el ángel del Señor vino sobre los pastores, y la claridad de Dios los cercó
de resplandor. Y tuvieron gran temor y, lanzando gritos, se congregaron en un mismo
lugar, y dijeron los unos a los otros: ¿Qué palabra es ésta que hasta nosotros ha
llegado, y que no conocemos?
2. Mas el ángel les dijo de nuevo: No temáis, hombres discretos e inteligentes que os
habéis congregado Porque he aquí que os doy nuevas de gran gozo, y es que os ha
nacido hoy mismo un salvador, que es el Cristo del Señor, en la ciudad de David. Y
esto os será por señal. Cuando entráis en la gruta, hallaréis a un niño envuelto en
pañales y echado en un pesebre de bueyes Y, después de haber oído al ángel, los
pastores, en nú mero de quince, fueron aprisa al paraje que les indican aquél. Y,
viendo a Jesús, se prosternaron ante él y lo adoraron. Y alababan en voz alta a Dios,
diciendo: Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz y buena voluntad para con los
hombres. Y cada uno de los pastores volvk a su rebaño, alabando y glorificando al
Cristo.

De cómo los magos llegaron con presentes, para adorar al niño Jesús recién nacido

XI 1. Y José y María continuaron con el niño en la caverna, a escondidas y sin
mostrarse en público, para que nadie supiese nada. Pero al cabo de tres días, es decir.
el 23 de tébeth, que es el 9 de enero, he aquí que los magos de Oriente, que habían
salido de su país hacía nueve meses, y que llevaban consigo un ejército numeroso,
llegaron a la ciudad de Jerusalén. El primero era Melkon, rey de los persas; el segundo,
Gaspar, rey de los indios; y el tercero, Baltasar, rey de los árabes. Y los jefes de su
ejército, investidos del mando general, eran en número de doce. Las tropas de
caballería que los acompañaban, sumaban doce mil hombres, cuatro mil de cada reino.
Y todos habían llegado, por orden de Dios, de la tierra de los magos, su patria, situada
en las regiones de Oriente. Porque, como ya hemos referido, tan pronto el ángel hubo
anunciado a la Virgen María su futura maternidad, marchó, llevado por el Espíritu
Santo, a advertir a los reyes que fuesen a adorar al niño recién nacido. Y ellos,
habiendo tomado su decisión, se reunieron en un mismo sitio, y la estrella que los
precedía, los condujo, con sus tropas, a la ciudad de Jerusalén, después de nueve meses
de viaje.
2. Y acamparon en los alrededores de la ciudad, donde permanecieron tres días, con los
príncipes de sus reinos respectivos. Aunque fuesen hermanos e hijos de un mismo
padre, ejércitos de lenguas y nacionalidades diversas caminaban en su séquito. El
primer rey, Melkon, aportaba, como presentes, mirra, áloe, muselina, púrpura, cintas
de lino, y también los libros escritos y sellados por el dedo de Dios. El segundo rey,
Gaspar, aportaba, en honor del niño, nardo, cinamomo, canela e incienso. Y el tercer
rey, Baltasar, traía consigo oro, plata, piedras preciosas, perlas finas y zafiros de gran
precio.
3. Y, cuando llegaron a la ciudad de Jerusalén, el astro que los precedía, ocultó
momentáneamente su luz, por lo que se detuvieron e hicieron alto. Y los reyes de los
magos y las numerosas tropas de sus caballeros se dijeron los unos a los otros: ¿Qué
hacer ahora, y en qué dirección marchar? Lo ignoramos, porque la estrella nos ha
guiado hasta hoy, y he aquí que acaba de desaparecer., abandonándónos y dejándonos
en angustioso apuro. Vamos, pues, a informarnos respecto al niño, y busquemos el
lugar exacto en que esté, y después proseguiremos nuestra ruta. Y todos convinieron
unánimemente en que esto era lo más puesto en razón.
4. Y el rey Herodes, al ver la numerosa caballería que acampaba, amenazadora,
alrededor de la ciudad, concibió vivo temor. Y, poniéndose a reflexionar, se dijo:
¿Quiénes son esos hombres que acampan ahí con un ejército numeroso, y que
disponen de una fuerza enorme, de tesoros, de vastas riquezas y de objetos de lujo?
Ninguno de ellos ha venido a presentarse a mí, y sus jefes son en tal medida grandes y
victoriosos, que no han dado un solo paso para cumplimentarme. Luego el rey mandó
llamar a los príncipes de su corte y a sus más altos dignatarios y, reunidos en concejo,
se dijeron los unos a los otros: ¿Cómo obraremos con esas gentes, que traen un ejército
numeroso a sus órdenes, y que son jefes aguerridos?
5. Y los príncipes dijeron a Herodes: ¡Oh rey, ordena que se guarde bien esta ciudad
por los guerreros de tu guardia, no sea que esos extranjeros la sorprendan
clandestinamente, se apoderen de ella a viva fuerza, y conduzcan a los habitantes en
cautividad! El rey repuso: Habláis bien, pero valgámonos antes de medios amistosos, y
después veremos. Y los príncipes dijeron: ¡Oh rey, dispón que todas tus tropas se
reúnan, que desplieguen vigilante energía, y que se mantengan atentas y sobre las
armas! Y, en el ínterir, enviad a esas gentes como diputados a varones hábiles, que
vayan a parlamentar con ellos, y que les pregunten, al justo y en detalle, de dónde
vienen y adónde van.
6. Entonces Herodes eligió a tres príncipes, hombres doctos y letrados, para que fuesen
a entrevistarse con los extranjeros de parte suya. Y, llegando a éstos, unos y otros se
saludaron con mutua consideración, y se sentaron. Y los príncipes dijeron: Hombres
venerables y reyes poderosos, explicadnos el motivo de vuestro advenimiento a
nuestro país. Los magos dijeron: ¿Por qué nos hacéis esa pregunta, si somos nosotros
los que venimos a interrogaros? Procedemos de Persia, comarca lejana, y tenemos
prisa en proseguir nuestra ruta. Los príncipes dijeron: Escuchadnos, por amor de Dios.
Nuestro rey está en la ciudad, y, al notar que os establecíais aquí en observación,
esperaba que os presentaseis a él, pues querría veros, oíros, hablaros, y conversar con
vosotros. Mas, como no os apresuraseis a ir a visitarlo, nos ha enviado en vuestra
busca, para invitaros a que os personéis en su palacio, a fin de informarse, con todo
respeto, de vuestras intenciones, y saber lo que deseáis.
7. Los magos dijeron: ¿Y para qué nos requiere vuestro rey? Si él tiene alguna cuestión
que plantearnos, nosotros, por nuestra parte, nada tenemos que ver, nada que oír, nada
que manifestar a nadie. Los príncipes dijeron: ¿Venís, pues, como amigos o con
designios violentos? Los magos dijeron: Libre y gozosamente hemos venido de
nuestra nación aquí. Nadie nos ha sometido a semejante interrogatorio, ¡y vosotros
pretendéis ahora sondearnos! Los príncipes dijeron: El rey es quien nos ha mandado
venir a veros, a oíros y a hablaros. Desde que habéis acampado en las afueras, un olor
de esencias aromáticas ha salido de vuestras tiendas, y llenado toda nuestra ciudad.
¿Sois mercaderes, que os dedicáis al gran comercio, o poderosos señores familiares de
reyes, que traéis en abundancia perfumes refinados de todas las flores preciosas, los
cuales tratan de cambiar en algún país rico? Los magos dijeron: Nada de eso somos, ni
nada tenemos que vender, y sólo preguntamos por nuestro camino.
8. Los príncipes preguntaron: ¿Qué camino? Y los magos contestaron: Aquel por el
que el Señor nos conducirá, en la justicia, hasta el país del bien. Por orden de Dios y
de común acuerdo, hemos venido aquí. Hace nueve meses que nos pusimos en marcha,
y no pudimos aún llegar a tiempo a nuestro destino. La estrella que nos guiaba, nos
precedía de continuo, y, al terminar cada etapa de nuestro viaje, se estacionaba sobre
nuestras cabezas. Cuando, puestos de nuevo en camino, apresurábamos la marcha, la
estrella, dejada atrás, tomaba otra vez la delantera, y así hasta este lugar. Ahora, su luz,
ha desaparecido de nuestra vista, y, sumidos en la incertidumbre, no sabemos qué
hacer.
9. Y los príncipes fueron a contar al rey todo lo que les participaron los magos.
Entonces Herodes se decidió a ir en persona a entrevistarse con ellos, y, así que estuvo
en su campamento, les preguntó: ¿Con qué propósito habéis hecho tan largo viaje a
esta tierra, con ejército tan numeroso y con presentes tan ricos? Y los magos
contestaron: Venimos de Persia, del Oriente. Por razón de nuestra nacionalidad, se nos
llama magos. Hemos llegado aquí conducidos por una estrella, y la causa de nuestro
viaje es haber visto en nuestro país que un rey ha nacido en el país de Judea. Nuestro
objeto es visitarlo y adorarlo.
10. Herodes, que tal oyó, quedó profundamente turbado y empavorecido. Él interrogó a
los extranjeros: ¿De quién habéis sabido lo que decís, o quién os lo ha contado? Y los
magos respondieron: De ello hemos recibido de nuestros antepasados el testimonio
escrito, que se guardó bajo pliego sellado. Y, durante largos años, de generación en
generación, nuestros padres y los hijos de sus hijos han permanecido en expectación,
hasta el momento en que aquella palabra se ha realizado ante nosotros, puesto que en
una visión se nos ha manifestado, por mandato de Dios y por ministerio de un ángel. Y
hemos llegado a este lugar, que nos ha indicado el Señor. Herodes dijo: ¿De dónde
proviene ese testimonio, sólo de vosotros conocido?
11. Los magos dijeron: Nuestro testimonio no proviene de hombre alguno. Es una
orden divina concerniente a un designio que el Señor ha prometido cumplir en favor
de los hijos de los hombres, y que se ha conservado entre nosotros hasta el día.
Herodes dijo: ¿Dónde está ese libro, que vuestro pueblo posee con exclusión de todo
otro? Los magos dijeron: Ningún Otro pueblo lo conoce, ni de oídas, ni por su propia
inteligencia, y sólo nuestro pueble posee de él un testimonio escrito. Porque, cuando
Adán hubo abandonado al Paraíso, y cuando Caín hubo matado a Abel, el Señor
concedió a nuestro primer padre el nacimiento de Seth, el hijo de consolación, y, con
él, aquella carta escrita, firmada y sellada por el dedo del mismo Dios. Seth la recibió
de su padre, y la dio a sus hijos. Sus hijos la dieron a sus hijos, de generación en
generación. Y, hasta Noé, recibieron la orden de guardar cuidadosamente dicha carta.
Noé se la dio a su hijo Sem, y los hijos de éste la transmitieron a los suyos. Y éstos, a
su vez, la dieron a Abraham. Y Abraham la dio a Melquisedec, rey de Salem y
sacerdote del Dios Alto, por cuya vía nuestro pueblo la recibió, en tiempo de Ciro,
monarca de Persia, y nuestros padres la depositaron con grande honra en un salón
especial. Finalmente, la carta llegó hasta nosotros. Y nosotros, poseedores de ese
testimonio escrito, conocimos de antemano al nuevo monarca, hijo del rey de Israel.
12. Al escuchar esto, llenóse de rabia el corazón de Herodes, que dijo: Mostradme esos
signos escritos, que poseéis. Los magos dijeron: Lo que hemos prometido remitir a su
dirección, y cumplir en su nombre, no podemos abrirlo, ni mostrarlo a nadie. Entonces
Herodes ordenó que se detuviese a los magos a viva fuerza. Empero, de súbito, el
palacio, en que residían multitud de gentes, fue sacudido por espantosa conmoción.
Las columnas se abatieron por cuatro lados, y todo el cimiento del palacio se desfondó
con gran ruina. Una muchedumbre numerosa que se encontraba fuera, huyó de allí,
aterrada, y los que estaban en el interior del edificio, grandes y pequeños, quedaron
muertos en número de setenta y dos. A cuya vista, todos los que habían venido a aquel
lugar, cayeron a los pies de Herodes, y le suplicaron, diciendo: Déjalos proseguir
tranquilamente su camino. Y su hijo Arquelao se puso también de hinojos ante su
padre, y le dirigió el mismo ruego.
13. El impío Herodes consintió en el deseo de su hijo, y despidió a los magos,
preguntándoles en tono de amistad: ¿Qué deseáis que haga por vosotros? Y los magos
contestaron: No tenemos otra demanda que hacerte sino ésta: ¿Qué hay escrito en
vuestra ley? ¿Qué leéis en ella? Y Herodes repuso: ¿Qué queréis decir? Y los magos
interrogaron: ¿Dónde va a nacer el Cristo, rey de los judíos? Y, oyendo esto, Herodes
se turbó, y toda Jerusalén con él. Y, convocados todos los príncipes de los sacerdotes y
los escribas del pueblo, les preguntó: ¿Dónde ha de nacer el Cristo? Y ellos le dijeron:
En Bethlehem de Judea, ciudad de David. Y Herodes dijo a los magos: Andad allá, y
preguntad con diligencia por el niño, y, después que hallarais, hacédmelo saber, para
que yo también vaya, y lo adore. Mas el tirano impío hablaba de esta suerte, para hacer
pasar el niño a cuchillo, por medio de aquella información sorprendida pérfidamente.
14. Y los magos, levantándose en seguida, se prosternaron ante Herodes y ante toda la
ciudad de Jerusalén, y continuaron su ruta. Y he aquí la estrella, que habían visto
antes, iba delante de ellos, hasta que, llegando, se puso sobre donde estaba el niño
Jesús. Y, regocijándose con muy grande gozo, bajaron cada cual de su montura, e
inmediatamente, hicieron resonar sus bocinas, sus pífanos, sus tamboriles, sus arpas y
todos sus demás instrumentos de música, en honor del recién nacido, hijo del rey de
Israel. Reyes, príncipes y toda la multitud de la comitiva, entonando un canto,
empezaron a bailar y, a plena voz, con alegría, con reconocimiento, con corazón
jubiloso, bendecían y alababan a Dios, por haberlos considerado dignos de llegar a
tiempo a Bethlehem, para contemplar la gloria del gran día, ilustrado por el misterio
que ante ellos se mostraba.
15. Al ver todo aquel aparato, y al oír todo aquel estruendo, José y María, confusos y
medrosos, huyeron de allí, y el niño Jesús quedó solo en la caverna, acostado en el
pesebre de los animales. Mas los príncipes y los grandes señores de los reyes magos,
detuvieron a José, y le dijeron: Viejo, ¿qué temor es el tuyo, y por qué haces esto?
Nosotros, en verdad, también somos hombres semejantes a vosotros. José repuso: ¿De
dónde llegáis a esta hora, y qué pretendéis, al venir aquí con tan numeroso ejército?
Los magos replicaron: Llegamos de una tierra lejana, nuestra patria Persia, y venimos
con gran copia de presentes y de ofrendas. Queremos conocer al niño recién nacido,
que es el rey de los judíos, y adorarlo. Si por acaso lo sabes a ciencia cierta, indícanos
puntualmente el lugar en que se halla, a fin de que vayamos a verlo. Al oír esto, María
entró con júbilo en la caverna, y, alzando al niño en sus brazos, sintió el corazón lleno
de alegría. Y luego, bendiciendo y alabando y glorificando a Dios, permaneció sentada
en silencio.
16. Por segunda vez los magos interrogaron a José en esta guisa: Venerable anciano,
infórmanos con exactitud, manifestándonos dónde se encuentra el niño recién nacido.
José, con el dedo, les mostró de lejos la caverna. Y María dio de mamar a su hijo, y
volvió a ponerlo en el pesebre del establo. Y los magos llegaron gozosos a la entrada
de la caverna. Y, divisando al niño en el pesebre de los animales, se prosternaron ante
él, con la faz contra la tierra, reyes, príncipes, grandes señores, y todo el resto de la
multitud que componía su numeroso ejército. Y cada uno aportaba sus presentes, y los
ofrecía.
17. En primer término se adelantó Gaspar, rey de la India, llevando nardo, cinamomo,
canela, incienso y otras esencias olorosas y aromáticas, que esparcieron un perfume de
inmortalidad en la gruta. Después Baltasar, rey de la Arabia, abriendo el cofre de sus
opulentos tesoros, sacó de él, para ofrendárselos al niño, oro, plata, piedras preciosas,
perlas finas y zafiros de gran precio. A su vez, Melkon, rey de la Persia, presentó
mirra, áloa, muselina, púrpura y cintas de lino.
18. Y, no bien hubieron ofrecido cada uno sus presentes, en honor del hijo real de
Israel, los magos salieron de la gruta, y, reuniéndose los tres fuera de ella, iniciaron
mutua consulta entre sí. Y exclamaron: ¡Asombroso es lo que acabamos de ver en tan
pobre reducto, desprovisto de todo! Ni casa, ni lecho, ni habitación, sino una caverna
lóbrega, desierta e inhabitada, en que estas gentes no tienen ni aun lo necesario çara
procurarse abrigo. ¿De qué nos ha servido venir de tan lejos para conocerlo?
Franqueémonos los unos con los otros en recíproca sinceridad. ¿Qué signo maravilloso
hemos contemplado aquí, y qué prodigio nos ha aparecido a cada uno? Los hermanos
se dijeron a una: Sí, lleváis razón. Contémonos nuestra visión respectiva. Y
preguntaron a Gaspar, rey de la India: Cuando le ofreciste el incienso, ¿qué apariencia
reconociste en él?
19. Y el rey Gaspar contestó: Reconocí en él al hijo de Dios encarnado, sentado en un
trono de gloria, y a las legiones de los ángeles incorporales, que formaban su cortejo.
Ellos dijeron: Está bien. Y preguntaron a Baltasar, rey de la Arabia: Cuando le
aportaste tus tesoros, ¿bajo qué aspecto se te presentó el niño? Y Baltasar contestó: Se
me presentó a modo de un hijo de rey, rodeado de un ejército numeroso, que lo
adoraba de rodillas. Ellos dijeron: La visión es muy propia. Y Melkon, sometido a la
misma interrogación que sus hermanos, expuso: Yo lo vi como hijo del hombre, como
un ser de carne y hueso, y también le vi muerto corporalmente entre suplicios, y más
tarde levantándose vivo del sepulcro. Al escuchar tales confidencias, los reyes, llenos
de estupor, se dijeron con pasmo: Nuevo prodigio es el que estas tres visiones
sugieren. Porque nuestros testimonios no concuerdan entre sí, y, sin embargo, nos es
imposible negar un hecho patentizado por nuestros propios ojos.
20. Y por la mañana, muy temprano, los reyes se levantaron, y se dijeron los unos a los
otros: Vamos juntos a la caverna, y veamos si algún otro signo se nos manifiesta claro.
Y Gaspar entró en la gruta, y vio al niño en el pesebre del establo. E, inclinándose, se
prosternó, y tuvo la segunda visión, la de Baltasar, a quien se le mostró el niño a
manera de un monarca terrestre. Y, cuando salió, relató el caso a los otros en estos
términos: No he tenido mi primera visión, sino la tuya, Baltasar, la que tú nos has
referido. Y Baltasar entró a su vez, y halló al niño en el regazo de su madre. E,
inclinándose, se prosternó ante él, y tampoco tuvo su visión del día anterior, en que el
niño se le apareciera como hijo de rey, sino como hijo del hombre, con su carne
muerta entre tormentos, y después resucitado y vuelto a la vida. Y fue a comunicar
esto a los otros hermanos, diciéndoles: No he renovado mi primera visión, sino
contemplado la de Melkon, tal como él nos la ha contado. Entonces entró Melkon, y
encontró al Cristo sentado sobre un trono sublime. E, inclinándose, se prosternó ante
él, y no lo vio ya como lo había visto la primera vez, muerto y vuelto a la vida, sino
conforme lo viera Gaspar, como Dios hecho carne y nacido de la Virgen. Lleno de
gozo, Melkon fue, presuroso, a prevenir a los otros hermanos, diciéndoles: No he
tenido mi primera visión, sino la de Gaspar, pues vi a Dios, sentado sobre un trono de
gloria.
21. Luego de haber visto todas estas cosas, los reyes se congregaron nuevamente en
consulta. Y cambiaron impresiones sobre la visión que cada uno había percibido y
comprendido. Y se dijeron: Retirémonos ahora a nuestro albergue. Mañana, muy
temprano, volveremos por tercera vez a la gruta, y nos aseguraremos de modo positivo
y definitivo si está realmente allí el que el Señor nos ha mostrado. Y, habiendo
regresado a su tienda, permanecieron alegres en ella, hasta que despuntó el día. Y,
levantándose, llegaron a la abertura de la caverna, en la cual penetraron uno a uno. Y
miraron y reconocieron al niño, y tuvieron de él la misma visión que habían tenido la
primera vez. Y, transportados de júbilo, se contaron los unos a los otros lo que habían
comprobado, y fueron a anunciarlo a todo su ejército en estos términos: En verdad, ese
niño es efectivamente Dios e hijo de Dios, que se ha mostrado a cada uno de nosotros
bajo una apariencia exterior en relación con los dones que respectivamente le hemos
ofrecido. Y ha recibido con dulzura y con bondad nuestro saludo y el homenaje de
nuestros presentes. Y todos, reyes, príncipes, grandes señores y toda la multitud del
numeroso ejército que se encontraba allí, tuvieron fe en el niño Jesús.
22. Y de nuevo el rey Melkon tomó el libro del Testamento, que guardaba en su casa
como herencia de los primeros antepasados, según ya advertimos, y se lo presentó al
niño, diciéndole: He aquí tu carta, que a nuestros ascendientes entregaste en custodia,
firmada y sellada por ti. Toma este documento auténtico que has escrito, ábrelo y
léelo, porque el quirógrafo está a tu nombre. Y el documento era aquel cuyo texto
permanecía oculto bajo pliego, y que los magos no se habían atrevido a abrir, y menos
aún a dar a los judíos y a sus sacerdotes, por cuanto éstos no eran dignos de llegar a ser
hijos del reino de Dios, destinados como estaban a renegar del Salvador, y a
crucificarlo.
23. Dicho documento había sido regalado por Dios a Adán, del cual, después de su
expulsión del Paraíso, se había apoderado un gran dolor, a raíz del homicidio
perpetrado por Caín en la persona de su hermano Abel. Mas, cuando hubo visto al
primero castigado por Dios, y a él mismo arrojado del edén glorioso por su
desobediencia, se encontró también atormentado en sus hijos, por la aflicción del
espectáculo de Abel muerto y Caín condenado a siete penas. Adán más entristecido
todavía y sumido en un duelo más profundo, no mantuvo ya relaciones conyugales con
Eva. Y, al cabo de doscientos cuarenta años de haber salido del Paraíso, Dios, en su
misericordia, le envió un ángel, y le ordenó que entrase a Eva. E hizo nacer a Seth,
nombre que significa hijo de la consolación. Y, por haber querido Adán hacerse Dios,
éste resolvió hacerse hombre, en el exceso de su piedad y de su amor a nuestra
desdichada especie. Y prometió a nuestro primer padre que, conforme a su plegaria,
escribiría y sellaría con su propio dedo un pergamino en letras de oro, que llevaría la
siguiente portada: En el año seis mil, el día sexto de la semana, el mismo en que te
creé, y a la hora sexta, enviaré a mi hijo único, el Verbo divino, que tomará carne en tu
raza, y que se convertirá en hijo del hombre, y que te restablecerá de nuevo en tu
dignidad original, por los supremos tormentos de su cruz. Y entonces tú, Adán, unido
a mí con un alma pura y un cuerpo inmortal, quedarás deificado, y podrás, como yo,
discernir el bien y el mal.
24. Y este documento, que Adán dio a Seth, Seth a Enoch, Enoch a sus hijos, y que de
tal suerte pasó de unos descendientes a otros, hasta Noé; que Noé dio a Sem, Sem a
sus hijos, y sus hijos a sus hijos hasta Abraham; que Abraham dio Melquisedec el
pontífice; que Melquisedec dio a otro, y éstos a otros todavía, hasta que llegó a manos
de Ciro, quien lo guardó cuidadosamente en un salón especial, donde se conservó
hasta el tiempo de la natividad del Cristo: ese documento era el mismo que los magos
ofrecieron al niño Jesús. Y, como los reyes y todo su acompañamiento hubiesen
cumplido sus votos y sus plegarias, después de tres días de permanencia en la gruta,
deliberaron entre sí, y se dijeron: No hay que olvidar lo prometido. Vamos por última
vez a la caverna, para adorar al niño, y después reanudaremos nuestro viaje en paz. Y,
de común acuerdo, entraron en el establo, y de nuevo tuvieron exactamente sus
visiones respectivas. Y, conmovidos por gran temor, se prosternaron ante el recién
nacido, y rindieron testimonio de fe en él, diciéndole: Eres Dios e hijo de Dios. Y,
salidos de la gruta, continuaron en sus alrededores el día entero hasta el siguiente. Y,
con júbilo y alegría, bendecían y alababan a Dios.
25. Y, por la mañana, al despuntar la aurora, el día primero de la semana, el 25 de
tébéth y de enero el 12, se dispusieron a partir para su país. Y, cuando deliberaban
sobre si volverían a entrevistarse con Herodes, he aquí que una voz les habló,
diciendo: No tornéis a Herodes, el tirano impío, porque quiere matar a ese tierno
infante. Y, habiendo oído esto, los magos renunciaron a pasar por la ciudad de
Jerusalén, y regresaron a su tierra por otro camino. Y, glorificando al Cristo, Dios del
universo, marcharon a su patria, poseídos de gozo y siguiendo la ruta por donde el
Señor los conducía.

De cómo José y María circuncidaron a Jesús, y lo llevaron al templo de Jerusalén
con presentes

XII 1. Después de todos los acontecimientos ocurridos, José y su esposa
permanecieron secretamente en la caverna, teniéndolo oculto, para que persona alguna
supiese nada. Y, tomando todos los tesoros aportados por los magos, José los escondió
cuidadosamente en la gruta. Y, siempre a hurto de la gente, salía y circulaba a diario
por la villa, por la aldea y por la campiña. Las necesidades materiales de todos estaban
provistas y nadie los inquietaba, ni los amenazaba, por voluntad de Dios, pues, aunque
de Bethlehem a la ciudad de Jerusalén, apenas hay doce millas, todo el territorio de las
inmediaciones está desierto e inhabitado. Y, cada vez que José iba a algún menester a
cualquier lugar, dejaba de guardián, al servicio de María, a su hijo menor, que lo había
seguido a Bethlehem.
2. Y, cuando el niño tuvo ocho días de edad, José dijo a María: ¿Cómo obraremos con
esta criatura, puesto que la ley ordena hacer la circuncisión a los ocho días del
nacimiento? Y María le dijo: Procede como te plazca en este asunto. Y José marchó
con sigilo a Jerusalén, y trajo de allí un hombre sabio, misericordioso y temeroso del
Señor, que se llamaba Joel, y que conocía a fondo las leyes divinas. Y llegó a la gruta,
donde encontró al niño. Y, al aplicarle el cuchillo no resultó de ello ningún corte en el
cuerpo de aquél. Ante este prodigio, quedó estupefacto, y exclamó: He aquí que la
sangre de este niño ha corrido sin incisión alguna. Y recibió el nombre de Jesús, que le
había sido impuesto de antemano por el ángel.
3. Y la sagrada familia continuó en la gruta. Y el niño Jesús crecía y progresaba en
gracia y en sabiduría. Y, hasta los cuarenta días, los esposos siguieron ocultándolo,
para que nadie lo viese.
4. Y, cuando Herodes vio que los magos habían regresado a su país sin visitarlo, se
hizo la reflexión siguiente: Si los magos que aquí llegaron no han vuelto es que son
traficantes familiares de los reyes. Por eso, no quisieron descubrirme sus secretos.
Mas, temiendo que les exigiese rescate, se me escaparon falazmente y con falsos
pretextos, para que yo no los perjudicase. Y, habiendo hablado así, Herodes abandonó
la ciudad de Jerusalén, y fue a residir temporalmente a Achaía. Por el momento, no
pensó más en su proyecto de buscar al niño Jesús, para hacerle una mala partida. Y,
como los sacerdotes y el pueblo tampoco prosiguiesen el asunto, éste cayó en el
olvido.
5. Y José, tomando en secreto a María y a Jesús, con numerosos dones y ofrendas
provenientes de la liberalidad de los magos, subió a la ciudad de Jerusalén. Y, después
de haber presentado el niño Jesús a los sacerdotes, ofrecieron al templo, según el uso
consagrado, un par de tórtolas, o dos palominos. Y el viejo Simeón, habiendo tomado
y recibido al Mesías en sus brazos, pidió al Señor que lo despidiese en paz, antes que
su alma quedase en libertad de volver a Él. Y, poseído de espíritu profético, Simeón
dijo de Jesús: He aquí que es puesto para caída y para levantamiento de muchos en
Israel.
6. Y, después de haber rendido el tributo de sus presentes y de sus sacrificios, José
volvió, con María y con Jesús, a Bethlehem. Recogidos en la gruta, permanecieron allí
largos días, hasta el año nuevo, sin aparecer en público, por miedo al impío rey
Herodes. Y, a los nueve meses, Jesús dejó espontáneamente de amamantarse en los
pechos de su madre. Y, al notario ésta y José, se admiraron en gran manera, y se
preguntaron el uno al otro: ¿Cómo es que no come, ni bebe, ni duerme, sino que está
siempre alerta y despierto? Y no podían comprender el imperio de voluntad que ejercía
sobre sí mismo.

De la cólera de Herodes, y de cómo degolló a los niños de Bethlehem

XIII 1. Y continuaron los tres viviendo hasta el comienzo de otro año en Bethlehem,
cuando un hombre impío de esta localidad, llamado Begor o Fegor, fue a prevenir al
perverso rey Herodes, y le hizo el siguiente relato: Los magos que enviaste a
Bethlehem, y a quienes ordenaste que pasasen a verte antes de abandonar Judea, no
han vuelto, sino que, habiendo ido allá abajo, y habiendo encontrado a un niño recién
nacido, del que se decía que era hijo de rey, le han ofrecido profusión de presentes que
consigo llevaban, y han regresado a su tierra por otro camino.
2. Al saber que había sido engañado por los magos, Herodes convocó a los príncipes y
a los grandes señores de su reino, y les dijo: ¿Qué hacer? Esos hombres, después de
habernos burlado y escarnecido pérfidamente, han huido, y se nos han escapado. ¿Qué
ha sido de ese niño, y en qué retiro tan oculto se esconde de mí, que nadie lo ha visto
hasta ahora? Ea, pues, mandemos soldados a Bethlehem, para que lo busquen, lo
capturen, y maten a su padre y a su madre.
3. Mas los príncipes dijeron: ¡Oh rey, escúchanos! Bethlehem es una ciudad en ruinas,
y los hechos que conciernen a ese niño, largos días ha que pasaron, por lo cual es casi
seguro que no esté ya en ese sitio, y que haya huido a un país lejano. Y los príncipes,
que no se cuidaron más del asunto, y que no lo revelaron a nadie, hablaron así por
disposición divina del Espíritu Santo, dado que Jesús y los suyos habitaban allí
todavía.
4. Y el malvado impío, en la rabia de su corazón no sabía qué determinación tomar. Y
los príncipes dijeron: ¡Oh rey, no te aflijas de ese modo, ni dejes que tu alma se turbe
por el arrebato! Manda todo lo que quieras y te obedeceremos. El rey repuso: Sí, yo sé
cómo he de obrar. Cuanto a vosotros, básteos estar prestos a cumplir mis órdenes. Y
convocó a los comandantes del ejército y a los jefes de los distritos, y los envió por
toda la estensión de su reino, para buscar a Jesús. Pero el resultado fue infructuoso y, a
su retorno, manifestaron al rey: Hemos recorrido todos los cantones de Judea, y no lo
hemos encontrado. En vista de ello, Herodes mandó a diez y ocho ci-harcas de sus
tropas que recorriesen todo el territorio sometido a su dominio, y les dio la consigna
siguiente: No tengáis piedad alguna de los niños pequeños, ni de las lamentaciones de
sus padres y de sus madres, y no os dejéis persuadir por gratificaciones fuertes, ni por
juramentos engañosos. Mas doquiera halléis niños menores de dos años, pasadlos a
cuchillo.
5. Entonces todos los comandantes del ejército se congregaron en torno suyo, con sus
espadas y con sus armas. Y, poniéndose en camino, circularon por todos los lugares, y
mataron a todos los niños que encontraron en ochenta y tres aldeas, en número de trece
mil sesenta. Y el tirano impío, al proceder de tal manera a causa de Jesús, esperaba que
éste hubiese quedado incluido entre las víctimas. Pero José y María, que supieron
todas esas cosas, y a quienes intimidó el temor al rey y a su ejército, tomaron al niño
Jesús, lo envolvieron en sus mantillas, y lo ocultaron en el pesebre de los animales.
Después, ganaron las ruinas de la ciudad, y se agazaparon allí en observación. Y nadie
los vio, porque los que los divisaban no les prestaban atención alguna, ni los miraban
siquiera.

De cómo Herodes mató, en el templo, a Zacarías, el Gran Sacerdote, a causa de su
hijo Juan

XIV 1. Mas el tirano impío, no encontrando medio de poner término total a su
sangrienta obra, hizo en seguida investigaciones cerca de Zacarías con respecto a Juan,
para saber si era su hijo único; y si estaba destinado a reinar sobre Israel. Envió, pues,
soldados para que les entregase a su pequeño Juan, y dijo Zacarías: Varias personas
me han informado que tu hijo está destinado a reinar sobre la tierra de Judea.
Muéstramelo, para que yo lo conozca. Al oír tal, Zacarías tuvo miedo del escelerato
impío, y repuso: Por la vida del Señor, no sé lo que hablas.
2. Y, cuando Isabel supo esto, tomó al pequeño Juan y se fue con él, fugitiva, a un
lugar desierto de la montaña, donde buscó sitio en que poner en seguridad al nino.
Después, casi sin aliento, lloraba con amargura, y derramaba sus lágrimas ante el
Señor, exclamando: Dios de mis padres, Dios de Israel, escucha la plegaria de tu
sierva. Trátame conforme a tu piedad y a tu benevolencia para con los hombres, y
arráncanos de las manos de Herodes y de la jauría rabiosa y criminal de sus ejércitos.
Abrase la tierra, y tráguenos a ambos, antes que mis ojos vean la muerte de mi hijo. Y,
apenas pronunciadas estas palabras, en el mismo instante, la montaña se abrió y le dio
acceso, y ocultó a Isabel y al pequeño Juan. Una nube luminosa los cubrió, y los
guardó sanos y salvos. Y un ángel del Señor, descendiendo a ellos, les sirvió de
defensa tutelar.
3. Pero Herodes envió por segunda vez a sus servidores a Zacarías, y le comunicó:
Dime dónde se oculta tu hijo y tráemelo, para que lo vea. Zacarías contestó: Yo me
hallo consagrado al servicio del templo. Mas, como mi casa no está aquí, sino en la
región montañosa de Galilea, ignoro qué se ha hecho de la madre y del niño. Y los
servidores volvieron con el recado de Zacarías. De nuevo Herodes remitió un mensaje
a sus generales, y les expuso: Id a manifestar esto a Zacarías: He aquí lo que dice el
rey de Israel: Has escondido tu hijo a mis miradas, y no has querido presentármelo
francamente, porque sé que ese niño ha de reinar en la casa de Israel. ¿Es que
pretendes evitarme, y escapar de mis requerimientos, con palabras evasivas y con
pretextos vanos? No será así en mis días. Si no me lo traes de buen grado, lo tomaré a
la fuerza, y perecerás con él.
4. Y Zacarías respondió: Por la vida del Señor, repito que no sé lo que le ha ocurrido a
mi esposa y a mi hijo. Y los servidores fueron a referir al rey las palabras del Gran
Sacerdote. Pero el tirano impío y lleno de toda especie de iniquidad mandó
nuevamente a sus comisionados, y conminó a Zacarías, diciéndole: Por tercera vez te
transmito mis órdenes. No has querido atenderlas y no te han amedrentado mis
amenazas. ¿Olvidas que tu sangre está en mi mano y que nadie te salvará, ni aun aquel
en quien esperas?
5. Y, como los comisionados llevasen la nueva amonestación a Zacarías, éste replicó:
Comprendo que queréis mi sangre, y que estáis decididos a verterla sin razón. Pero,
aunque hagáis perecer mi cuerpo con muerte cruel, el Señor, que me ha hecho y que
me ha creado, acogerá mi alma. Y ellos marcharon a repetir a Herodes lo que Zacarías
había dicho. Pero el impío, en la perversidad creciente de su corazón, no dio respuesta
alguna. Y, aquella misma noche, envió soldados, que se introdujeron furtivamente en
el templo y mataron a Zacarías cerca del altar, en el tabernáculo de la alianza. Y nadie,
ni de los sacerdotes, ni del pueblo, supo nada de lo ocurrido.
6. Pero, a la hora de la plegaria ritual, esperaron a que Zacarías hiciese acto de
presencia, como todos los días, y tratando de verlo, no lo encontraron. Y, cuando
apareció la aurora, en el momento de entregarse a aquella plegaria, los sacerdotes y el
pueblo se reunieron para saludarse mutuaniente, y se dijeron: ¿Qué ha sucedido al
Gran Sacerdote? ¿Dónde estará? Y, extrañados de su tardanza, pensaron: Sin duda reza
su oración privada, o bien ha tenido alguna visión en el templo.
7. Mas uno de los sacerdotes, llamado Felipe, entró audazmente en el Santo de los
Santos, y vio la sangre coagulada cerca del altar de Dios. Y he aquí que una voz
articulada salió del tabernáculo, diciendo: La sangre inocente ha sido vertida en vano,
y no se borrará de encima de los hijos de la casa de Israel, hasta que llegue el día de la
completa venganza. Cuando los sacerdotes y toda la multitud popular oyeron esto,
rasgaron sus vestiduras y, esparciendo ceniza sobre sus cabezas, exclamaron:
¡Desdichados de nosotros y de nuestros padres, condenados todos a este desastre y a
esta ignominia!
8. Y los sacerdotes, penetrando en el tabernáculo, vieron la sangre de Zacarías
coagulada, como una piedra, cerca del altar de Dios, mas no vieron su cuerpo. Y,
llenos de estupor, se dijeron los unos a los otros que su pérdida estaba consumada. Y
se preguntaban, atónitos: ¿Qué se ha hecho de su cuerpo, que no aparece por ninguna
parte? Y erraron por doquiera en su busca, y no hallaron rastro de él. Y cada cual
sospechaba entre sí que alguien había recogido furtivamente su cuerpo, y lo había
llevado a esconder en algún sitio oculto. Y, celebrando gran duelo en honor del Gran
Sacerdote muerto, los hijos de Israel lo lloraron durante treinta días e hicieron
pesquisiciones en muchos puntos, sin que lograsen encontrar el cuerpo. Y así tuvo
lugar el asesinato de Zacarías.
9. Después de lo acaecido, los sacerdotes y todo el pueblo deliberaron para constituir
un nuevo Pontífice en el templo santo. Y, dirigiendo sus plegarias al Señor Dios, le
pidieron que diese otro servidor al altar. Y echaron suertes, y la designación recayó
sobre el viejo Simeón, el cual fue Pontífice muy poco tiempo y murió confesando
fielmente al Cristo. Porque, desde la llegada del Salvador al templo hasta el momento
en que Simeón entregó el espíritu, éste vivió cuarenta días en total. Y a continuación
de todos aquellos acontecimientos, se estableció otro jefe en la casa de Israel.

De cómo el ángel significó a José que huyese a Egipto

XV 1. Y un ángel del Señor apareció a José, y le dijo: Levántate, y toma a Jesús y a su
madre, y huye a Egipto, porque Herodes busca al niño, para matarlo. Y, en efecto, no
faltó quien fuese a informar al rey acerca de Jesús, declarándole que aún vivía.
2. Y José, levantándose precipitadamente, tomó al niño y a María, y partió como
fugitivo para Ascogon, que se llamaba Ascalón, ciudad situada a orillas del mar, y de
allí para Hebron, donde residieron ocultos, durante medio año. Uno y tres meses tenía
Jesús, y ya andaba por sus pies. E iba con sus juguetes a echarse en el seno de su
madre, y ésta, en un transporte de ternura, lo levantaba en sus brazos, le prodigaba sus
caricias, y alababa a Dios, dándole gracias.
3. Pero, entonces, algunas personas de la ciudad fueron a prevenir a Herodes en estos
términos: El niño Jesús vive, y se encuentra actualmente en Hebron. Y Herodes
despachó un correo a los jefes de la ciudad, para ordenarles expresamente que se
apoderasen de Jesús con astucia, y lo matasen. Cuando José y María supieron esto, se
dispusieron a partir de Hebron e ir a Egipto Y, abandonando secretamente la ciudad
como fugitivos, prosiguieron su ruta. Y recorrieron etapas numerosas y, en los sitios
en que hacían alto, Jesús tomaba agua de las fuentes y les daba a beber. Finalmente,
entraron en tierra egipcia, por la llanura de Tanís, y se dirigieron a una ciudad, llamada
Polpai, donde habitaron seis meses. Y Jesús pasaba ya de los dos años.
4. Y, partidos de allí, llegaron, cerca de las fronteras de Egipto, a una ciudad que se
llama Cairo, y moraron en un gran castillo de la residencia real, edificio cubierto, en
un vasto espacio, por palacios y por fortalezas. Era un castillo magnífico, muy
elevado, adornado espléndidamente y decorado con gran variedad, que Alejandro de
Macedonia había levantado otrora, en los días de su mayor poder. Y allí
permanecieron cuatro meses, hasta el momento en que el niño Jesús alcanzó la edad de
dos años y cuatro meses.
5. Y Jesús salía al exterior, para pasearse con los niños y los párvulos, jugar con ellos y
mezclarse en sus conversaciones. Y los llevaba a los sitios altos del castillo, a las
lumbreras y a las ventanas, por donde pasaban los rayos del sol, y les preguntaba:
¿Quién de vosotros podría rodear con sus brazos un rayo de luz, y dejarse deslizar de
aquí abajo, sin hacerse el menor daño? Y Jesús dijo: Mirad todos y ved. Y, abrazando
los rayos del sol, formados por minúsculos polvillos, que, desde el amanecer, pasaban
por las ventanas, descendió hasta el suelo, sin sufrir mal alguno. Viendo lo cual, los
niños y las demás personas que estaban allí fueron a la ciudad a contar el prodigio
realizado por Jesús. Y los que oyeron el relato de tamaño espectáculo, se admiraron
con estupefacción. Mas José y María, al saberlo, tuvieron miedo y se alejaron de la
ciudad, a causa del niño, para que nadie lo conociese. Y salieron furtivamente por la
noche, llevando consigo a Jesús, y huyendo de aquellos lugares.
6. Y llegaron a la ciudad de Mesrin, donde se habíar congregado multitud de gentes, y
que era una poblaciór muy grande y rodeada de altos muros. En el barrio poi donde
penetraron en ella, se habían levantado estatuas mágicas. Cuando se pasaba por la
primera puerta, se veía a cada lado una estatua mágica, que los reyes y los filósofos
habían colocado en cada una de las puertas de la ciudad, para que suspendiese en
admiración a todos los que entraban y salían. Y cuantas veces el enemigo amenazaba
al país con un peligro o con un daño, todas aquellas estatuas lanzaban un mismo grito,
que resonaba en la ciudad entera. Y los que oían la voz de las numerosas estatuas
reconocían ese grito y comprendían que algo funesto iba a acontecer en el país. En la
primera puerta del muro, se encontraban emplazadas dos águilas de hierro, con garras
de cobre, un macho a la derecha, y otra hembra a la izquierda. En la segunda puerta, se
veían animales de presa tallados en arcilla y en tierra cocida, a un lado un oso, al otro
un león, y otras bestias feroces, representadas en piedra y en madera. En la tercera
puerta, había un caballo de cobre y, sobre él, la estatua en cobre de un rey, que tenía en
la mano un águila también de cobre.
7. Y, cuando Jesús franqueó la puerta, súbitamente todas las estatuas se pusieron a
vociferar con estrépito y a coro. Y todas las demás estatuas inanimadas de los falsos
dioses gritaban a porfía y los ídolos de los templos lanzaban alaridos, como si la
ciudad entera se quebrantase en sus cimientos y como si, en medio de terrores y de
espantos, la vida se hiciese imposible para los hombres. Y, en el mismo momento, en
tanto que las águilas daban grandes chillidos, el león rugía, el caballo relinchaba, y el
rey de cobre clamaba a gran voz: Escuchad, todos los que aquí estáis, y preveníos,
porque un monarca, hijo del gran rey, se acerca a nuestra ciudad con un ejército
numeroso.
8. Al oír esto, todo el pueblo, formado en batallones, corrió precipitadamente en armas
hacia la muralla. Y miraron a todos lados y no vieron cosa alguna. Y, puestos a
reflexionar, se dijeron con asombro: ¿Qué voz tan sonora es ésa que nos ha
interpelado? ¿Quién ha visto que un hijo de rey haya entrado en nuestra ciudad?
Entonces se diseminaron por todas partes, y no descubrieron nada, excepto que, en una
casa, encontraron a José, María y Jesús. Y detuvieron a José poniéndolo en la mitad de
la plaza pública, le preguntaron: ¿De qué nación eres, viejo, y de dónde has venido?
José respondió: Soy de la tierra de Judea, y vengo de la ciudad de Jerusalén. Y ellos
insistieron: Dinos la verdad. ¿Cuándo has llegado aquí?
9. José contestó: Hace tres días que he llegado. Y ellos interrogaron: Y, por la ruta que
has seguido, ¿no has visto un príncipe, hijo de rey que avanzaba contra este pais con
sus tropas? José repuso: No lo he visto. Ellos le dijeron: Pero ¿cómo has recorrido un
camino tan largo y desprovisto de agua? José dijo: Unas veces iba yo solo, y otras
seguía al niño y a su madre. Y la multitud le dijo: Comprendemos que eres un pobre
anciano extranjero y un hombre seguro y fidedigno. Solamente quisiéramos
informarnos, y saber lo cierto. No nos censures, porque hemos presenciado hoy un
prodigio, que nos ha dejado en el mayor estupor. Y, habiendo hablado así, despidieron
a José y se fueron.
10. Y sucedió que José, al llegar a otra ciudad de Egipto, se albergó cerca de un templo
idolátrico, consagrado a Apolo, y permaneció allí varios días. Y uno de ellos, Jesús
consideraba atentamente el palacio de los ídolos, que, por su altura y por su longitud,
era como una ciudad pequeña.Y Jesús dijo a su madre: Respóndeme sobre lo que voy
a preguntarte. María le dijo: Habla, hijo mío: ¿Qué quieres? Jesús dijo: ¿Qué es esta
construcción tan elevada y cuya extensión es tan considerable? María dijo: Es el
templo de los ídolos, dedicado al culto de los altares ilegítimos y a la imagen del falso
dios Apolo. Jesús dijo: Voy a ver qué aspecto presenta y a qué se parece. María dijo:
Si quieres ir a él, sé prudente, para que no te suceda ningún mal.
11. Y Jesús se dirigió por aquel lado y entró en el templo de los ídolos. Y lo miraba
todo en derredor y consideraba el esplendor del edificio, lleno de dibujos y de relieves
de una decoración variada. Y lo admiró mucho, y salió prontamente. De nuevo las
estatuas mágicas de la ciudad se pusieron a aullar, como la primera vez, y exclamaron:
¡Escuchad todos los presentes! He aquí que el hijo del gran rey ha entrado en el templo
de Apolo. Al oír esto, toda la población se lanzó, corriendo, hacia el sitio indicado. Y
las gentes se interrogaban las unas a las otras, diciendo: ¿Qué voz ha lanzado ese grito
que se nos ha dirigido? Y recorrieron la ciudad, y a nadie hallaron, sino sólo a Jesús. Y
le preguntaron: Niño, ¿de quién eres hijo? Jesús respondió: Soy hijo de un viejo de
cabellos blancos, pobre y extranjero en este país. ¿Qué me queréis? Y ellos lo dejaron
ir, y pasaron.
12. Los ciudadanos se interrogaban unos a otros, diciéndose: ¿Qué significa este nuevo
prodigio de que somos testigos? Oímos distintamente una voz que grita, y no
comprendemos lo que anuncia. Es de temer que nos advenga súbitamente un desastre
por donde menos sospechemos. Y, cuando aquellas gentes hubieron hablado así, toda
la ciudad quedó perpleja y llena de inquietud. Cuanto a Jesús, marchó silenciosamente
a su albergue, y cantó todo lo que había oído decir en la calle. Y María y José se
sorprendieron y asombraron vivamente.
13. Y Jesús tenía entonces tres años y cuatro meses. Y, como el año nuevo se
aproximase, celebróse un día de fiesta de Apolo. Toda la multitud se apretaba a las
puertas del templo de los ídolos con numerosos dones y presentes para ofrecer en
sacrificio a los grandes dioses animales y toda especie de cuadrúpedos. Y aderezaron
una larga mesa cubierta de enseres, para comer y beber. Y toda la multitud del pueblo
que había llegado, se mantenía a las puertas. Y los falsos sacerdotes celebraban la
fiesta, para honrar al ídolo de Apolo. Y Jesús, habiendo sobrevenido, entró
secretamente, y se sentó. Todos los sacerdotes estaban congregados y, con ellos, los
servidores del templo.
14. Y las águilas y las bestias feroces, es decir, las estatuas de estos animales, cuando
vieron a Jesús entrar en el templo de los ídolos, se pusieron de nuevo a gritar y
clamaron: ¡Mirad todos! He aquí que el hijo del gran rey ha entrado en el templo de
Apolo. Al oír estas palabras, toda la multitud que se encontraba allí, fue presa de
turbación y de cólera. Y, precipitándose los unos sobre los otros, querían acuchillarse
mutuamente. Y se preguntaban: ¿Qué haremos con ese viejo? Porque todos estos
prodigios se han producido desde que llegó a nuestra ciudad. Y el niño ¿será por acaso
un hijo de rey, que haya robado, y con el que haya huido a nuestro país? Ea,
apoderémonos de él y matémoslo.
15. Y, en tanto que ellos se entregaban a estos pensamientos homicidas, Jesús
continuaba sentado en el tempio de Apolo. Y consideraba atentamente aquella imagen
incrustada en oro y en plata, por encima de la cual estaba escrito: Éste es Apolo, el
dios creador del cielo y de la tierra, y el que ha dado vida a todo el género humano. Al
ver esto, Jesús se indignó en su alma y, levantando los ojos al cielo, dijo: Padre,
glorifica a tu hijo, para que tu hijo te glorifique. Y he aquí que una voz salió de los
cielos, que decía: Lo he glorificado, y lo glorificaré de nuevo.
16. Y, en el mismo instante en que habló Jesús, el suelo tembló, y toda la armazón del
templo se desplomó de arriba abajo. Y el ídoló de Apolo, los sacerdotes del santuario y
los pontífices de los falsos dioses, quedaron sepultados en el interior del edificio, y
perecieron. El resto de la población que se encontraba allí huyó de aquel lugar. Todos
los ídolos y todos los altares de los demonios que había en la ciudad se abatieron en
ruinas. Y todos los edificios religiosos y todas las estatuas mágicas que rodeaban la
ciudad, imágenes inanimadas de hombres, de fieras y de animales, cayeron a tierra con
gran destrozo. Entonces los demonios lanzaron un grito, y dijeron: Mirad todos, y
compadeceos de nosotros, porque un niño muy pequeño nos ha destruido, con ser lo
que somos, arruinando nuestra morada, exterminando a nuestros servidores, y
haciéndolos perecer con mala muerte. Apoderaos, pues, de él y matadlo sin piedad.
17. Al oír esta queja y esta lamentación de los demonios, y al sonido de su grito, toda
la multitud de las gentes de la ciudad se precipitó a una hacia el emplazamiento del
templo arruinado y, con grandes manifestaciones de duelo, lloraba cada cual a sus
difuntos. Y Jesús marchó en silencio a su casa y se sentó en un rincón. Y aquellas
gentes, habiendo apresado a José, lo hicieron comparecer ante el tribunal, y le
preguntaron: ¿Qué significa este desastre, que se ha anidado en nosotros, desde antes
que nos refirieses lo que habías visto y oído en tu camino? Sin embargo, has callado
esto, y nos lo has ocultado. Vamos, por tanto, a baceras perecer con mala muerte, a ti,
a tu hijo, y a la mujer que te acompaña, puesto que, por tu traición, has provocado la
pérdida de esta ciudad. Dinos dónde está tu hijo, y muéstranoslo, para que veamos al
que ha destruido a nuestros dioses, anonadado a los ministros de nuestro culto,
enterrado a nuestros sacerdotes bajo los escombros del templo, y causado tantas
muertes prematuras. Y no escaparás de nuestras manos sino después de que nos hayas
devuelto a nuestros parientes y a nuestros prójimos.
18. Y proferían muchas otras invectivas de este género contra él. Empero María cayó a
los pies de Jesús y, llorando, lo invocaba, y decía: Jesús, hijo mío, escucha a tu sierva.
No te irrites así contra nosottos, y no amotines a esta ciudad, no sea que, por odio, nos
detengan y nos hagan perecer con mala muerte. Jesús repuso: ¡Oh madre mía!, no
sabes lo que dices. Todas las tropas del ejército celestial de los espíritu angélicos
tiemblan y se estremecen de temor ante el glorioso poder de mi divinidad, que ha
concedido el don de la vida a todos los seres animados. Y él, Sadaiel mi enemigo y el
de mis criaturas, hechas a mi imagen y semejanza, osa, a mi ejemplo, tomar el nombre
de Dios y recibir el culto y las adoraciones del género humano.
19. Y María suplicó a Jesús: Hijo mío, aunque sea verdad lo que dices, te ruego que me
escuches y que, por la intercesión de tu madre y sierva, resucites a esos muertos, cuya
pérdida has producido. Y todos los que vean el milagro que hagas creerán en tu
nombre. Porque bien sabes los numerosos tormentos con que afligen a ese viejo, que
han detenido por causa tuya. Y Jesús respondió: Madre mía, no me aflijas de tal modo,
porque aún no ha venido para mí la hora de hacer eso. Pero María insistió: De nuevo te
ruego que me escuches, hijo mío. Considera nuestra angustia y nuestra situación,
puesto que, por causa tuya, emigrados y desterrados, erramos, como desconocidos por
país extranjero. Y Jesús dijo: Por consideración a tu plegaria, haré lo que me pides, a
fin de que esas gentes reconozcan que soy hijo de Dios.
20. Y, luego que hubo hablado así. Jesús se levantó, y atravesó por entre la multitud del
pueblo. Y, cuando los concurrentes vieron a aquel niño de tan tierna edad, pues sólo
tenía tres años y cuatro meses, se dijeron los unos a los otros: ¿Es éste el que ha
derribado el templo de los ídolos, y hecho pedazos la estatua de Apolo? Algunos
contestaron: este es. Y, al oír tal, todos admiraron, con estupor, la obra prodigiosa que
había cumplido. Y lo miraron fijamente, preguntándose: ¿Qué va a hacer? Y Jesús,
nuevamente indignado en su alma, avanzó por encima de los cadáveres y, tomando
polvo del suelo, lo vertió sobre ellos, y clamó a gran voz: Yo os conmino a todos,
sacerdotes, que yacéis aquí, heridos de muerte por el desastre que os ha anonadado,
que os incorporéis en seguida, y que salgáis fuera.
21. Y en el mismo momento en que pronunciaba estas palabras, tembló de pronto el
lugar en que se encontraban los difuntos. Y se levantó el polvo, haciendo remolinear
las piedras, y cerca de ciento ochenta y dos personas se levantaron de entre los muertos
y se irguieron sobre sus pies. Pero otros ministros y arciprestes de Apolo, en número
de ciento nueve no se levantaron. Y el temor y el terror se apoderaron de todo el
mundo y, poseídos de pánico, dijeron: este, y no Apolo, es el Dios del cielo y de la
tierra, que da la vida a todo el género humano. Y todos los sacerdotes resucitados de
entre los muertos fueron a prosternarse ante él, y confesaban sus faltas, y decían:
Verdaderamente, éste es el hijo de Dios y el salvador del mundo, que ha venido a
darnos la vida. Y el ruido de sus milagros se esparció por toda la región, y los que de
él oían hablar, venían de lejos, en gran número, para verlo. Y, por razón de su
cortísima edad, se asombraban más aún.
22. Después, toda la muchedumbre reunida cayó a los pies de Jesús, y le rogaron que
resucitase también de los muertos a los que habían sido servidores del templo. Mas
Jesús no quiso hacerlo. Y, llevando a José ante la multitud agrupada, imploraban, y
decían: Perdónanos las faltas que hemos cometido contigo, y ruega a tu hijo que
resucite a los muertos que estaban en el templo. Y José dijo: Hacedme gracia de esto,
porque no puedo violentarlo. Mas, si él quiere obrar espontáneamente, cúmplase la
voluntad del Señor, que tiene poder sobre toda cosa.
23. Y sobrevino un hombre de gran familia, que fue a prosternarse ante Jesús y José,
diciendo: Os suplico que vengáis a la casa de vuestro siervo y, una vez entráis bajo mi
techo, quedad allí el tiempo que os plazca. Y los llevó a su morada, y todo el pueblo de
la ciudad iba a visitar a Jesús, y los servía de sus haciendas con mucha simpatía. Y los
que estaban atormentados por espíritus inmundos, por los demonios o por sus
enfermedades, se arrodillaban ante Jesús, y él los curaba. Y hubo gran alegría en
aquella ciudad, y las gentes del país de los alrededores, al saber todo esto, glorificaban
a Dios en voz alta.
24. Y José permaneció en aquella ciudad largo tiempo, en la mansión de un príncipe,
que era de raza hebraica. Eléazar había por nombre y tenía un hijo, llamado Lázaro, y
dos hijas, llamadas Marta y María. Y acogió a José y a los suyos con gran
consideración y deferencia. Y José prolongó allí su estancia y cantó a Eléazar todos los
tratos de que le habían hecho objeto los hijos de Israel: opresiones, persecuciones,
vejaciones, y por remate, el destierro en que se veían. Y, al oír estas cosas, Eléazar se
llenó de tristeza. José le dijo: Bendito seas, por habernos recibido de buena voluntad,
habernos sustentado, y habernos hecho todo el bien posible, desde que aquí estamos.
Eléazar dijo a José: Venerable anciano, establece tu residencia en esta localidad, y no
dudes que más tarde encontrarás el reposo y el cesamiento de tu angustia.
25. Y, luego de haber hablado así, ambos se sintieron poseídos de una alegría serena y
cordial. Y el príncipe reveló a su huésped: Yo también soy de la tierra de Judea y de la
ciudad de Jerusalén. Y he sufrido muchas penas y muchas aflicciones, por obra de mis
enemigos. Me he visto expoliado y privado de todos mis bienes, y, por miedo al impío
Herodes, me he expatriado, y he venido a este lugar con mi familia y con mis
compañeros. Hace quince años que me he fijado en esta ciudad, y no he sufrido
violencia alguna de parte de sus moradores, antes al contrario, he encontrado simpatía,
benevolencia y respeto. No temas a nadie, y establece tu estada en el sitio que te
parezca mejor, hasta el momento en que el Señor te visite, y tome en cuenta tu múcha
edad. Después, volverás a la tierra de Judea, y tu alma vivirá por la esperanza en el
Señor.
26. Dichas estas palabras, guardaron silencio. Y la sagrada familia permaneció tres
meses completos en aquella población. José y Eléazar se trataban como dos hermanos,
unidos por una afección y una bondad recíprocas. Marta y María recibieron a la Virgen
y al niño en su casa, con una caridad perfecta, como si no hubiesen tenido más que un
corazón y un alma. Marta cuidaba especialmente de su hermano Lázaro, y María, que
era de la misma edad que Jesús, acariciaba a éste, como si fuese su propio hermano.
27. Y Jesús, viendo todo lo que había sucedido, se indignó en su espíritu, y dijo a su
madre: Mi espíritu está turbado por lo que he hecho en esta ciudad. Porque yo no
quería manifestarme, para que nadie me conociese, y he aquí que escuché tus súplicas,
y cumplí tu voluntad. Y la Virgen repuso: ¿Por qué me diriges ese reproche, hijo mío?
En verdad, has ocasionado la ruina de los ídolos, y nos has librado a todos de la
perdición y de la muerte, y esto es lo que yo te había rogado. En adelante, sea tu
voluntad la que se cumpla, en cuanto dispongas o resuelvas hacer.
28. Y, a la noche siguiente, el ángel del Señor dijo a José, en una visión: Levántate, y
toma a Jesús y a su madre, y vete a tierra de Israel, porque muertos son los que
procuraban la muerte del niño. Y José, despertándose de su sueño, contó a María
aquella visión, y ambos se regocijaron en gran manera. Pero, pocos días más tarde,
oyendo que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allá. Y,
levantándose de noche, tomó a Jesús y a su madre, partió en dirección al sur, hacia el
pie del monte Sinaí, por el desierto de Horeb, cerca del territorio donde, en otro tiempo
el pueblo de Israel se había establecido y había morado.

De cómo la Sagrada Familia volvió a la tierra de Israel, y habitó en el país de
Galilea, en el pueblo de Nazareth

XVI 1. Y, levantándose muy de mañana, fueron a ganar el país de Moab, frente a
Mambré, y recorrieron numerosas etapas en su ruta. Y llegaron a una ciudad de los
árabes llamada Malla gpir mtín, que quiere decir «gran ciudad de Dios». Cuando Jesús
pasó por el territorio de la ciudad, se encontraban allí altares. Junto al camino, había
una montaña de gran elevación, y en su cima un templo, espléndidamente adornado
con toda especie de imágenes y consagrado al culto de los demonios. Y éstos,
congregados cerca del camino, deliberaban entre sí, y decían: Nos encontramos bien
aquí, en nuestra morada, y estamos en reposo. Pero hemos oído decir que ha aparecido
en el mundo el hijo de un pobre viejo, que conoce y que discierne todas nuestras
prácticas, y que es un perseguidor y un enemigo de nuestra estirpe. Con él en la tierra,
¿qué va a ser de nosotros en adelante?
2. Algunos demonios dijeron: ¿Cómo os habéis arreglado para saber y conocer lo que
es? Un demonio dijo: Vosotros no sabéis lo que es, mas yo lo sé, y lo conozco de
antemano. Los otros demonios dijeron: Si lo conoces, instrúyenos. El demonio dijo: Es
el mismo que nos precipitó de lo alto de los cielos, nuestra mansión prístina, y nos
redujo a la perdición. Y ahora ha venido a la tierra, para expulsarnos del género
humano. Los demonios dijeron: ¿Y cómo podrías saber lo que hará? El demonio dijo:
Yo estaba en Egipto, en el templo de Apolo, cuando destruyó el sagrado edificio por
completo, pulverizó las estatuas de los dioses, y lo arruinó todo de arriba abajo. Los
demonios dijeron: ¡Desventurados de nosotros! Si viene aquí, ¿qué nos ocurrirá?
3. Y, en tanto que deliberaban entre sí en tal forma, divisaron de repente al niño Jesús,
que avanzaba. Y, lanzando un grito, exclamaron, medrosos: ¡He aquí que el niño Jesús
viene a la ciudad! Abandonemos este sitio, no sea que dejemos nuestra vida entre sus
manos. Y otros demonios advirtieron: Lancemos un grito de alarma a la ciudad. Quizá
se apoderen del niño y lo maten, con que quedaremos tranquilos en nuestro albergue.
Y, habiendo hablado así, se esparcieron por diversos lados, y lanzaron este grito:
¡Mirad, todos, y escuchad! El hijo de un gran rey llega, y se dirige hacia esta ciudad
con un ejército numeroso. Y, al oír esto, todos los habitantes de la localidad se
armaron, y se reunieron en orden de combate, y fueron a patrullar por doquiera, mas
no encontraron nada.
4. Y, como Jesús penetrase por la puerta de la ciudad, todas las edificaciones de los
templos se desplomaron de súbito, desfondándose en ruinas, y no quedando una sola
en pie. Cuanto a los sacerdotes y a los ministros del culto, fueron invadidos por la
demencia de un furor demoníaco. Y se golpeaban a sí mismos y clamaban a gran voz:
¡Desventurados e infortunados de nosotros, que hemos sido expulsados de nuestros
templos! ¿Quién es el autor de esta catástrofe? Y no podían explicarse aquel hecho y la
destrucción de la ciudad.
5. José permaneció allí varios días. Y Jesús tenía entonces cuatro años. Y, llegado a
esta edad, no quedaba ya confinado en su casa, sino que salía con otros niños y tomaba
parte en sus conversaciones y en sus juegos. Y éstos acudían de buen grado a su
encuentro y se prestaban a sus deseos más mínimos. Por su amenidad afectuosa, los
ponía a todos de acuerdo con él, y merced al encanto de su palabra, se convirtió en
conductor y en jefe de todos los niños. Y, cualquier cosa que les mandaba hacer, la
cumplían ellos con gusto. No dejaba a ninguno abandonarse a la ociosidad y, si ocurría
que algunos se pegasen y se maltratasen entre sí, Jesús les pasaba la mano por encima,
los curaba, y los exhortaba a todos amistosamente. Y reconciliaba a los descontentos y
les hacía recobrar su buen humor. Empero, si surgía entre ellos algún motivo de
disputa, iban a casa de sus padres y colgaban a Jesús la causa de las faltas que habían
cometido. Entonces los padres se dirigían en busca de Jesús, y no lo encontraban. E
interrogaban, diciendo: ¿Dónde está? Y los niños respondían: No lo sabemos, porque
es hijo de un anciano extranjero, que reside aquí como transeúnte. Y, ante este
informe, los padres regresaban a sus domicilios respectivos.
6. Y ocurrió un día que Jesús fue a reunirse con los niños, en el lugar en que
acostumbraban a juntarse. Y, habiéndose puesto a jugar, se divertían, conversaban y
discutían los unos con los otros. Jesús admiraba su inocencia. Y, en tanto que
platicaban y se entretenían, sucedió que empezaron a pegarse unos a otros. Y de la
refriega salió uno de ellos con un ojo reventado. Y el niño, lanzando un grito, se puso
a llorar amargamente. Mas Jesús le dijo: No llores, y levántate sin temor. Y se
aproximó a él y, en el mismo instante, la luz volvió a sus ojos, y recobró la vista.
Cuanto a los demás niños que allí se encontraban, marcharon presurosos a la ciudad, y
contaron lo que Jesús había hecho. Y los que los oían fueron al lugar en que éste
estaba, para verlo. Mas no lo encontraron, porque Jesús había huido y estaba
escondido a sus miradas.
7. Más tarde, Jesús fue un día al sitio en que los niños se habían reunido, y que estaba
situado en lo alto de una casa, cuya elevación no era inferior a un tiro de piedra. Uno
de los niños, que tenía tres años y cuatro meses, dormía sobre la balaustrada del muro,
al borde del alero, y cayó de cabeza al suelo de aquella altura, rompiéndose el cráneo.
Y su sangre saltó con sus sesos sobre la piedra y, en el mismo instante, su alma se
separó de su cuerpo. Ante tal espectáculo, los niños que allí se encontraban, huyeron,
despavoridos. Y los habitantes de la ciudad, congregándose en diferentes lugares y
lanzando gritos, decían: ¿Quién ha producido la muerte de ese pequeñuelo, arrojándolo
de tamaña altura? Los niños respondieron: Lo ignoramos. Y los padres del niño,
advertidos de lo que ocurriera, llegaron al siniestro paraje, e hicieron grandes
demostraciones de duelo sobre el cadáver de su hijo. Después, se pusieron a indagar, y
a intentar saber cuál era el autor de tan mal golpe. Y los niños repitieron con
juramento: Lo ignoramos.
8. Mas los padres respondieron: No creemos en lo que decís. Luego, reunieron a viva
fuerza a los niños, y los llevaron ante el tribunal donde comenzaron a interrogarlos,
diciendo: Informadnos sobre el matador de nuestro hijo y sobre su caída de sitio tan
elevado. Los niños, bajo la amenaza de muerte, se dijeron entre sí: ¿Qué hacer? Todo
sabemos, por nuestro mutuo testimonio, que somos inocentes, y que nadie es el
causante de esa catástrofe. Y se da crédito a nuestra palabra sincera. ¿Consentiremos
que si nos condene a muerte a pesar de no ser culpables? Uno de ellos dijo: No lo
somos, en efecto, mas no tenemos testigo de nuestra inculpabilidad, y nuestras
declaraciones se juzgan mentirosas. Echemos, pues, la culpa a Jesús, puesto que con
nosotros estaba. No es de los nuestros, sino un extranjero, hijo de un anciano
transeúnte. Se lo condenará a muerte y nosotros seremos absueltos. Y sus compañeros
gritaron a coro: ¡Bravo! ¡Bien dicho!
9. Entonces la asamblea del pueblo hizo detener a los niños, les planteó la cuestión y
les dijo: Declarad quién es el autor de tan mal golpe y el causante de la muerte
prematura de este niño inocente. Y ellos contestaron, unánimes: Es un muchacho
extranjero, llamado Jesús e hijo de cierto viejo. Y los jueces ordenaron que se lo
citase. Mas cuando fueron en su busca, no lo encontraron, y, apoderándose de José, lo
condujeron ante el tribunal, y le dijeron: ¿Dónde está tu hijo? José repuso: ¿Para qué
lo queréis? Y ellos respondieron a una: ¿Es que no sabes lo que tu hijo ha hecho? Ha
precipitado desde lo alto de una casa a uno de nuestros niños y lo ha matado. José dijo:
Por h vida del Señor, que no sé nada de eso.
10. Y llevaron a José ante el juez, que le preguntó d dónde venía y de qué país era. A lo
que José respondió: Vengo de Judea y soy de la ciudad de Jerusalén. El juez añadió:
Dinos dónde está tu hijo, que ha rematado cor muerte cruel a uno de nuestros niños.
José repuso: ¡0h juez!, no me incriminéis con semejante injusticia, porque no soy
responsable de la sangre de esa criatura. El juez dijo: Si no eres responsable, ¿por qué
temes la muerte? José dijo: Ese niño que buscas es mi hijo según el espín tu, no según
la carne. Si él quiere, tiene el poder de responderte.
11. Y, aún no había acabado José de hablar así, cuan do Jesús se presentó delante de las
gentes que habían ido buscarlo y les dijo: ¿A quién buscáis? Le respondieron: Al hijo
de José. Les dijo Jesús: Yo soy. El juez entonces le dijo: Cuéntame cómo has dado tan
mal golpe. Y Jesús repuso: ¡Oh juez, no pronuncies tu juicio con tal parcialidad,
porque es un pecado y una sinrazón que haces a tu alma! Mas el juez le contestó: Yo
no te condeno sin motivo, sino con buen derecho, ya que los compañeros de ese niño,
que estaban contigo, han prestado testimonio contra ti. Jesús replicó: Y a ellos ¿quién
les presta testimonio de que son sinceros? El juez dijo: Ellos han prestado entre sí
testimonio mutuo de ser inocentes y tú digno de muerte. Jesús dijo: Si algún otro
hubiese prestado testimonio en el asunto, habría merecido fe. Pero el testimonio mutuo
que entre sí han prestado no cuenta, porque han procedido así por temor a la muerte, y
tú dictarás sentencia de modo contrario a la justicia. El juez dijo: ¿Quién ha de prestar
testimonio en favor tuyo, siendo como eres, digno de muerte? Jesús dijo: ¡Oh juez, no
hay nada de lo que piensas! Ellos, y tú también, a lo que se me alcanza, consideráis tan
sólo que yo no soy compatriota vuestro, sino extranjero e hijo de un pobre. He aquí
por qué ellos han lanzado sobre mí un testimonio de mortales resultas. Y tú para
complacerIos, supones que tienen razón, y me la quitas.
12. El juez preguntó: ¿Qué debo hacer, pues? Jesús respondió: ¿Quieres obrar con
justicia? Oye, de una y de otra parte, a testigos extraños al asunto y entonces se
manifestará la verdad, y la mentira aparecerá al descubierto. El juez opuso: No
entiendo lo que hablas. Yo pido testimonio lo mismo a ti que a ellos. Jesús repuso: Si
yo doy testimonio de mí mismo, ¿me creerás? El juez dijo: Si juras sincera o
engañosamente, no lo sé. Y los niños clamaron a gran voz: Nosotros sí sabemos quién
es, pues ha ejercido todo género de vejaciones y de sevicias sobre nosotros y sobre los
demás niños de la ciudad. Pero nosotros nada hemos hecho. El juez dijo: Notando
estás cuántos testigos te desmienten, y no nos respondes. Jesús dijo: Repetidas veces
he satisfecho a tus preguntas, y no has dado crédito a mis palabras. Pero ahora vas a
presenciar algo que te sumirá en la admiración y en el estupor. Y el juez repuso:
Veamos lo que quieres decir.
13. Entonces Jesús, acercándose al muerto, clamó a gran voz: Abias, hijo de Thamar,
levántate, abre los ojos, y cuéntanos cuál fue la causa de tu muerte. Y, en el mismo
instante, el muerto se incorporó, como quien sale de un sueño y, sentándose, miró en
derredor suyo, reconoció a cada uno de los presentes, y lo llamó por su nombre. Ante
lo cual, sus padres lo tomaron en sus brazos, y lo apretaron contra su pecho,
preguntándole: ¿Cómo te encuentras? ¿Qué te ha ocurrido? Y el niño respondió: Nada.
Jesús repitió: Cuéntanos cuál fue la causa de tu muerte. Y el niño repuso: Señor, tú no
eres responsable de mi sangre, ni tampoco los niños que estaban contigo. Pero éstos
tuvieron miedo a la muerte y te cargaron la culpa. En realidad, me dormí, caí de lo alto
de la casa y me maté.
14. El juez y la multitud del pueblo, que tal vieron, exclamaron: Puesto que niño tan
pequeño ha hecho tamaño prodigio, no es hijo de un hombre, sino que es un dios
encarnado, que se muestra a la tierra. Y Jesús preguntó al juez: ¿Crees ya que soy
inocente? Mas el juez, en su confusión, no respondía. Y todos se maravillaron de la
tierna edad de Jesús y de las obras que realizaba. Y los que oían hablar de los milagros
operados por él se llenaban de temor.
15. Y el niño permaneció con vida durante tres horas, al cabo de las cuales, Jesús le
dijo: Abias, duerme ahora, y descansa hasta el día de la. resurrección general. Y,
apenas acabó de hablar así, el niño inclinó su cabeza, y se adormeció. Ante cuyo
espectáculo, los niños, presa de un miedo vivísimo, empezaron a temblar. Y el juez y
toda la multitud, cayeron a los pies de Jesús y le suplicaron, diciéndole: Vuelve a ese
muerto a la vida. Mas Jesús no consintió en ello y replicó al juez: Magistrado indigno
e intérprete infiel de las leyes, ¿cómo pretendes imponerme la equidad y la justicia,
cuando tú y toda esta ciudad, de común acuerdo, me condenabais sin razón, os
negabais a dar crédito a mis palabras, y estimabais verdad las mentiras que sobre mí os
decían? Puesto que no me habéis escuchado, yo tampoco atenderé a vuestro ruego. Y,
esto dicho, Jesús se apartó de ellos precipitadamente, y se ocultó a sus miradas. Y, por
mucho que lo buscaron, no consiguieron encontrarlo. Y, yendo a postrarse de hinojos
ante José, le dijeron: ¿Dónde está Jesús, tu hijo, para que venga a resucitar a nuestro
muerto? Mas José repuso: Lo ignoro, porque circula por donde bien le parece y sin mi
permiso.

De cómo la Sagrada Familia abandonó Egipto y /ue al país de Siria.
Otros milagros y resurrecciones de muertos

XVII 1. Y, aquella misma noche, José se levantó, tomó al niño y a su madre, y fue al
país de Siria, llegando a una ciudad llamada Sahaprau. Y Jesús tenía entonces cinco
años y tres meses. Y, como penetrase por la puerta de la ciudad, donde había estatuas
de dioses, los demonios, al ver pasar a Jesús, lanzaron un grito, y dijeron: Llega un
niño, hijo de un rey, de un gran monarca y que va a trastornar nuestra ciudad y a
expulsarnos de nuestra mansión. Poneos en guardia, para que no se acerque a nosotros,
y nos haga perecer. Huyamos de él hacia otro lugar lejano, y ocultémonos en algún
desierto, o en las cavernas y en los antros de las rocas. Al oír tal, los jefes de los
sacerdotes y los servidores de los ídolos se reunieron en el templo de éstos y
exclamaron: ¿Qué voz ha lanzado ese grito que nos aterra? Y, en el mismo instante, las
estatuas de los falsos dioses se quebraron y cayeron al suelo hechas añicos.
2. Luego de haber entrado en la ciudad, Jesús encontró en ella un albergue. Y Jesús
deambulaba por todos los Sitios de la población. Y llegó a un sitio en que los niños
estaban reunidos, y se sentó orillas del agua, cerca de las fuentes. Y, recogiendo polvo,
lo arrojó al agua. Y, cuando los niños fueron allí a beber, vieron el agua convertida en
sangre corrompida. Y, atormentados por la sed, lloraban con amargura. Mas Jesús
tomó un cántaro, lo metió en la fuente, lo llenó de agua, y les dio de beber. Empero,
habiendo sacado de nuevo agua de la fuente, la echó sobre ellos y los vestidos de todos
quedaron teñidos de sangre. Y los niños se pusieron a llorar Otra vez. Mas Jesús los
llamó con amabilidad, y, poniendo la mano sobre ellos, les dijo: No lloréis, porque ya
no hay ninguna tintura sanguínea en vuestros trajes. Y los niños se llenaron de alegría,
al ver el prodigio operado por Jesús.
3. Otro día, Jesús fue a encontrarse con los niños, en el Sitio en que estaban reunidos, y
les propuso: Vayamos a cualquier lugar distante y allí cazaremos pájaros. Ellos
dijeron: Sí. Y marcharon a un paraje célebre, situado en la llanura, donde
permanecieron el día entero, mas no consiguieron cazar pájaro alguno. Era un día de
verano, y el calor sofocante de la atmósfera les incomodaba en extremo. Visto lo cual,
Jesús tuvo piedad de ellos, y, tendiéndoles la mano, les dijo: No temáis, e incorporaos.
Iremos hacia aquella roca que está ante nosotros, y a su sombra reposaremos. Mas,
cuando llegaron a ella, seguían sin poder soportar la violencia de la temperatura, y
algunos caían como muertos. Y, con el aliento entrecortado y los ojos fijos, miraban a
Jesús.
4. Mas éste, levantándose, se colocó en medio de ellos y, con su vara, hirió la roca, de
la que brotó una fuente de agua abundante y deliciosa, que existe hoy todavía, en la
que todos abrevaron. Y, cuando hubieron bebido y se hubieron reanimado, adoraron a
Jesús, el cual extendió la mano sobre el agua, e hizo aparecer en ella profusión de
peces. Y ordenó a los niños que los agarrasen, y ellos lo agarraron en gran número. Y
que recogiesen leña, que ardió, sin que nadie le pusiese fuego. Y asaron los peces, los
comieron, y quedaron hartos. Luego agarraron más peces aún y marcharon alegres a
sus casas, donde, mostrando lo peces de su pesca milagrosa, contaron los prodigios
que había hecho Jesús. Y muchos de los habitantes de aquella ciudad creyeron en él.
5. Y, entre los compañeros de Jesús, los había de ciert edad, que, contando con su
fuerza y con su vigor, llegaro a tiempo a su destino. Otros, empero, menores en edad,
no podían, y, siguiendo detrás a los primeros, sin vestido, ni calzado, llegaron más
tarde a sus hogares. Y uno de ello muchachito de tres años, se extravió en la llanura, se
vio sin alientos, cayó al suelo, y se durmió. Muy de noche ya se despertó y, abriendo
los ojos, miró a todos lados, y no vio a nadie. Entonces le faltaron los ánimos, y
prorrumpió en amargo lloro. Y erró a la ventura durante la noche entera y, perdiendo
su ruta, se alejó de la comarca. Y pasó tres días fuera de ella, sin que ninguno de los
niños supiese lo que le había ocurrido. Después, el hambre, la sed y el ardor de los
rayos solares le separaron el alma del cuerpo.
6. Y los padres del pequeño interrogaron a los niños, diciéndoles: ¿Dónde está nuestro
hijito, que os ha seguido? ¿Qué ha sido de él? Los niños contestaron: No lo sabemos.
Los padres dijeron: ¿Cómo no lo sabéis, si os ha seguido? Los niños dijeron: Sabemos
que nos ha seguido, pero luego no pudimos averiguar su paradero. Los padres dijeron:
¿A qué hora habéis visto que estaba todavía con vosotros? Los niños dijeron: Hasta
mediodía, todos lo vimos. Pero, cuando empezó a incomodarnos el calor del sol, y nos
pusimos en fuga, lo perdimos de vista. Y, cuando Jesús nos reunió, y nos dio a beber
agua sacada de la roca, no lo vimos ya en aquel sitio y supusimos que habría vuelto a
casa.
7. Entonces los padres del niño fueron a ver al juez de la ciudad y le contaron toda la
historia. Y el juez ordenó que compareciesen los niños ante él y les preguntó: Decidme
la verdad, hijos míos, ¿qué se hizo del pequeño? Y ellos respondieron: ¡Oh juez,
escúchanos! Ayer por la mañana, estando juntos, de común acuerdo, para ir a jugar,
Jesús, el hijo de José, llegó en compañía de otros niños y les advertimos que nos
disponíamos a marchar para un lugar distante. Y, como ese niño no quería volver de
él, lo dejamos allí, y partimos. El juez dijo: Cuando os congregasteis en el mismo sitio,
¿lo vio alguno de vosotros? Y ellos dijeron: Sí, y con nosotros estuvo toda la jornada,
hasta mediodía. Pero, cuando empezó a incomodarnos el calor del sol, nos
dispersamos del sitio y lo perdimos de vista.
8. Mas el juez ordenó, severo: Id en su busca, y traédmelo muerto o vivo. Y ellos
recorrieron todos los alrededores de la urbe, sin lograr encontrarlo. Y así se lo
manifestaron al juez, a su regreso. Y él dijo: ¿Qué idea se os ha puesto en la cabeza?
¿Pensáis que conseguiréis escapar al castigo por la astucia? No, en mis días. Decidme,
pues: ¿Cuál era el fin de vuestra expedición? ¿Quién invitó a ella al párvulo, y lo llevó
consigo? Los niños observaron: Nadie lo invitó, ni lo llevé, y él mismo fue por su
cuenta. Mas el juez repuso: No decís la verdad y os haré perecer a todos.
9. En seguida mandó que se los desnudase y se los azotase con varas de leña verde. Y,
cuando se vieron despojados de sus vestidos, los niños consultaron entre sí,
preguntándose: ¿Qué hacer, puesto que todos tenemos conciencia de ser inocentes, y
no se cree en nuestras protestas de inculpabilidad? Uno de ellos dijo: ¿Por qué, a base
de una suposición tan injusta, hemos de ser condenados a muerte? Y le dijeron: ¿Y qué
se te ocurre hacer? Él dijo: ¿Conocéis a Jesús, el hijo del viejo José? Él estaba con
nosotros, él se encontraba al frente nuestro, él nos llevó consigo, y él, por
consiguiente, es quien nos puso en este peligro mortal. Mas sus compañeros objetaron:
¿Y qué mal nos hizo Cuando nos moríamos de sed, bajo un calor sofocante, él fue
quien nos la apagó, sacando agua de la roca, y él quien nos dio peces que comiéramos,
y luego pudimos volver a tiempo a nuestras casas. Pero el niño de opuesta opinión
dijo: Y nosotros ¿qué delito hemos cometido, para ser condenados a muerte? Los
niños dijeron: Demasiado sabes que no hablaremos mal de él. El niño opuso: Pero
nosotros, repito, ¿de qué crimen castigable con la muerte podemos acusarnos? ¡No!
Vayamos al juez, y echemos sobre él toda la acusación, puesto que es desconocido y
extranjero en nuestra ciudad. Y, además, ¿no comprendáis que, por su causa, estamos
bajo la amenaza de esta angustia y de estos tormentos? Si a él se lo condena, a
nosotros se nos absolverá. Todos clamaron a una: Toma sobre ti la responsabilidad de
su sangre. Y el juez, viendo que no le respondían, ordenó a los verdugos que les
infligiesen la pena de azotes. Y, cuando los primeros golpes comenzaron a caer sobre
sus espaldas, el niño enemigo de Jesús dijo al juez: ¿Por qué nos condenas, a pesar de
nuestra inocencia? Y el juez repuso: Si sois inocentes, designad al que es digno de
muerte. Los niños dijeron: El hijo de un viejo extranjero llevó a ese niño consigo, y no
sabemos lo que le habrá hecho. El juez les preguntó: ¿Por qué no me habéis hablado
de él antes? Y los niños respondieron: Creímos que hubiera sido una falta obrar así,
porque es muy pobre, y está reducido a la mendicidad.
10. Y el juez mandó que le trajesen a Jesús, mas no se lo encontró. Entonces
detuvieron a José, a viva fuerza, y lo hicieron comparecer ante el tribunal. Y el juez lo
interrogó: ¿De dónde eres, anciano, y adónde vas? José respondió: Soy de una
comarca lejana, y recorro este pais como extranjero desterrado. El juez añadió: ¿Dónde
está tu hijo? José replicó: ¿Para qué lo quieres? El juez dijo: Tu hijo ha ido a jugar,
llevando consigo a todos los niños de la ciudad, y uno de ellos no ha vuelto. Dime,
pues, donde está tu hijo, y qué se ha hecho de él. José dijo: Cuanto a eso, lo ignoro. El
juez dijo: No te escaparás de mis manos con semejantes excusas, como no me traigas
al niño, muerto o vivo. José dijo: Soy viejo, y ¿cómo podré ir y venir, sin fatigarme, la
jornada entera? El juez dijo: Tal vez lo encuentres en seguida en cualquier lugar. José
dijo: ¡Oh juez, ordena a estos niños que me sigan en esta pesquisición, pues quizá
saben dónde está el pequeño! El juez dijo: Sí, lo haré, pero los padres del niño también
te seguirán. A estas palabras del juez, José lo saludó profundamente y marchó muy
triste a su casa a contar a María lo que había ocurrido. Y ambos a dos se afligieron en
extremo.
11. Y, al día siguiente, muy temprano, José, haciéndose preceder del niño Jesús,
caminó unas doce millas fuera de la ciudad, y ambos encontraron en la llanura al niño,
que había sucumbido al ardor de los rayos solares, como si hubiese sido quemado por
el fuegó. Su cuerpo estaba ennegrecido, sus ropas grasientas, y desunidas sus
articulaciones. Habiendo visto esto, volvieron a la ciudad, e informaron del hecho a los
padres del niño. Y éstos, al marchar al lugar que se les indicó, y ver el estado en que su
hijo se encontraba, lanzaron un grito y golpearon el pecho con piedras. Y, llorando,
envolvieron en un lienzo al difunto, lo incorporaron, y lo condujeron hasta la puerta de
la ciudad. Y todos los habitantes de la ciudad lo acogieron con gran duelo y se
apiadaban de la catástrofe que le había ocurrido. Y, al cabo de una hora, los padres
dijeron al juez: No lo llevaremos a la tumba, antes que hayas hecho perecer en el
suplicio al hijo de ese viejo y condenado a su padre y a su madre a tormentos crueles y
a la muerte. Y el juez dijo: Tenéis razón.
12. Entonces ordenó que Jesús compareciese ante el tribunal y le preguntó: ¿Por qué
has provocado lance tan funesto, y atraído esta desgracia sobre nuestra ciudad? Y
Jesús respondió: ¡Oh juez!, no cometas este acto de iniquidad, que a nadie es lícito
enunciar o conocer. El juez dijo: ¿Qué debo, pues, hacer entre dos derechos
contrarios? Jesús dijo: Sí obras lealmente, tus juicios serán justos. Donde no, incurrirás
en pecado gravísimo. El juez dijo: No me respondas de esa suerte, para darme una
lección ante todo el mundo. Yo no obro de mala fe, sino en justicia. Jesús dijo: Si
procedieses con sinceridad, habrías de antemano hecho tu información
cuidadosamente con arreglo a los testimonios, y después habrías juzgado conforme a
las leyes. El juez dijo: ¿Cómo puedo hacer una información cuidadosa sobre tu
declaración particular de que eres inocente? ¿Quién entonces ha ocasionado caso tan
triste? Jesús dijo: Recibiste el testimonio de los que me imputan una cosa calumniosa,
y no crees en la verdad de mis palabras. Pero muy pronto quedarás confundido. El juez
dijo: Haz lo que quieras.

13. Y Jesús, colocándose frente al muerto, clamé a gran voz: Moni, hijo de Sahuri,
levántate sobre tus pies, abre tus ojos, y di cuál ha sido la causa de tu muerte. Y el niño
se incorporó en seguida. Y sus padres y sus conocidos lanzaron un grito y lo apretaron
contra su corazón, diciéndole: Hijo mío, ¿quién te ha devuelto la vida? Y ¿1 dijo: El
pequeño Jesús, el hijo del viejo. Y el juez, los sacerdotes de los ídolos y toda la
multitud del pueblo se prosternaron ante Jesús, e interrogaron al niño, diciéndole: Hijo
mío, ¿quién ha causado tu pérdida?
14. Y el niño repuso: Nadie, pues son inocentes todos. No lo condenéis, que no es
responsable de mi muerte. Yo me había extraviado y, por efecto del hambre y de la
sed, mi alma desfalleció. Cuanto a lo que me sucedió después, todo lo que sé es que
me veis y que os veo. Y Jesús exclamó: Juez inicuo, ¿por qué querías condenarme al
último suplicio injustamente? Y el juez, confundido, no sabía qué contestar. Y el niño
permaneció con vida cerca de tres días, hasta el momento en que, admirados hasta la
estupefacción, pudieron verlo todos los habitantes de la ciudad. Y de nuevo Jesús
ordenó al niño: Duerme ahora, y reposa. Y, en el mismo instante, el niño se entregó
otra vez al sueño. Y, luego de haber hablado y obrado como lo hizo, Jesús desapareció
de la vista de cuantos sus dichos y sus hechos habían presenciado.

Evangelio de Santo Tomas Paginas 41 al 60  /   Evangelio de Santo Tomas Paginas 91 al 120

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